El año de la OCDE: beneficios y desventajas de integrar un club VIP

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Para el Gobierno, el ingreso al organismo es parte de una estrategia de inserción y promoción internacional que contempla también a la presidencia del G20 en Buenos Aires en noviembre próximo.

¿Marcará la Argentina un nuevo récord en el ingreso de un país a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, la OCDE? “No es lo que pretendemos”, responde uno de los máximos responsables en lograr la membrecía, aunque deja escapar una sonrisa. Subraya que la meta es la admisión. De ser posible, recibir el convite oficial en 2018. Si además la Argentina hace historia, no le molestará para nada a un gobierno que ha cumplido religiosamente -e incluso ha sobrepasado, como alumno aplicado- cada indicación que el selecto club le encomendó. En la Casa Rosada, ponderan los beneficios de ser parte. No obstante, hay quienes alertan que nada es gratis.

Para el gobierno, el ingreso a la OCDE es la tercera pata de una estrategia de inserción -y promoción- internacional que contemplaba también la Cumbre de la OMC en Argentina -con resultados que distaron de los anhelados, en diciembre del año pasado-y la presidencia del G20 en 2018 y la foto familiar de los principales líderes del mundo en Buenos Aires, en noviembre, como grand finale. De los tres, la OCDE es el que quizás suene más técnico de entender y, en consecuencia, el que más trabajo le cuesta al gobierno promover ante la opinión pública.

Esto no significa que Hacienda, el ministerio que encabeza la gestión, ahorre en fichas cuando se trata de apostar a esa casilla, en particular, cuando sueñan con el premio de esa apuesta. Uno de sus termómetros es el empresariado local, que se divide en cuanto a las desiguales políticas liberalizadoras de la OMC y mira con cierta suspicacia al G20, pero si se trata de la OCDE, las siglas lo cautivan por igual, tal como quedó claro en las palabras de representantes del sector como Marcos Bulgheroni (Pan American Energy) y Crsitiano Ratazzi (Fiat Auto) en el último coloquio de Idea de Mar del Plata.

Los 35 países que integran hoy la OCDE representan el 75% de la Inversión Extranjera Directa a nivel global. A su vez, concentran el 60% del comercio y del PBI mundial. A los miembros plenos se les añaden otros cinco emergentes -Brasil, India, Indonesia, China y Sudáfrica- con un estatus especial de socios claves, también llamados de compromiso ampliado. Y luego figuran los que atraviesan el largo periplo de ingreso, como Colombia, Costa Rica y Lituania.

No caben dudas que ingresar tiene sus privilegios, al elevar el estatus internacional del país, pero el gobierno es celoso en cuanto a la etiqueta que se usa. En público, por caso, el ministro Nicolás Dujovne prefiere hablar de un club de buenas prácticas en vez de uno de ricos. Suena muy parecido a la forma en la que el presidente y CEO del Centro para los Estudios Estratégicos e Internacionales, el republicano John Hamre, se refirió a los esfuerzos de la Argentina de ingresar a la OCDE. En un editorial de marzo de 2017, habló de la organización no como “un club al que uno se asocia” sino como un medio para impulsar reformas indispensables a través de una legislación adecuada.

Hay quienes piensan diferente. “Argentina enfrenta las obligaciones de entrar a la OCDE con una economía con déficit en su comercio exterior, en su cuenta corriente, y sin transnacionales propias. Estamos tomando reglas para economías hiperdesarrolladas con un país que aún no pudo salir del estancamiento para plantearse una reformulación del sistema productivo. Será como jugar un campeonato con reglas puestas por jugadores profesionales”, apunta el economista Martín Hourest. Y concluye: “A largo plazo, el riesgo es congelarse en esta lógica de periferia subordinada, porque el margen de maniobras económicas se va a reducir.”

Pruebas

Ingresar a la OCDE no es sencillo. Básicamente, porque no depende solo de la voluntad del interesado. Es un proceso largo hasta completar las sucesivas etapas, desde la manifestación de intención hasta la firma del Acuerdo de adhesión y el depósito de dicho instrumento ante el gobierno de Francia, sede oficial de la organización. En el medio se deben atravesar una serie de votaciones con consenso pleno del Consejo de la OCDE, evaluaciones antes sus 23 Comités Técnicos y adaptaciones de la legislación vigente a los criterios de la OCDE, a fin de conseguir el visto bueno en cada una de las áreas.

Solo la primera parte del camino, la que va desde la presentación de la candidatura hasta recibir la invitación formal del Consejo al Secretario General para iniciar las conversaciones de adhesión, puede tomar años. Chile fue el país que más rápido lo consiguió y demoró tres. Otros han tardado una década en recibir ese convite. Es el casillero en el cual se encuentra hoy la Argentina, a la expectativa.

La segunda parte del proceso, la que sigue una Hoja de Ruta donde se determinan términos y condiciones, se confecciona un Memorándum Inicial con la evaluación del candidato y se superan los sucesivos dictámenes y decisiones de los 23 comités técnicos -exámenes exhaustivos de hasta dos días de duración con preguntas de los 35 miembros permanentes- toma otros 3 a 6 años, como promedio. A la espera de acortar ese plazo, Argentina completó, entre junio de 2016 y diciembre de 2017, su adhesión a los comités que no integraba e inició las evaluaciones ante cada uno de ellos. La meta es no invertir más de cuatro años en depositar el carnet de socio pleno en la sede oficial parisina y que sea Mauricio Macri y no otro -si consigue la reelección, por supuesto-, el que quede en la foto.

Hay un escollo inicial que la Argentina debe superar y escapa al voluntarismo del gobierno: a la OCDE no se ingresa solo sino acompañado. O sea, como parte de un paquete de países, cuya aceptación debe darse por consenso. En lo que atañe a la Argentina, comparte sala de espera con otro candidato sobre el que pesa un veto, Croacia, lo que puede demorar todo el proceso. Eslovenia no la quiere adentro. Arguye cuestiones limítrofes no resueltas, y ha sumado a socios estratégicos en la negativa, como Hungría. En simultáneo, un grupo de inversores ha presionado a Perú -otro candidato- para que salde viejas deudas con bonos si no quiere ser bochado.

A esto se debe añadir un obstáculo de fondo. ¿Otro? Sí. A la OCDE no se ingresa en cualquier momento sino cuando la OCDE lo decide. Lo que obliga a poner el foco en el hecho que la organización es tan selecta como celosa de abrir nuevas membrecías, y aún no decidió cómo se conformará el próximo grupo de aspirantes, ni en número ni en representación geográfica. Desde su creación en 1961, con una mesa de 20 socios, la OCDE apenas habilitó 15 nuevas sillas a lo largo de su medio siglo de vida, sobre un total de 197 estados que existen en el mundo. Además, ya se autofijó un techo de 50. Como se lo define en Hacienda, es “un organismo global pero no universal”, tal es su filosofía.

El grueso de sus miembros proviene del Hemisferio Norte, con particular predominio europeo. América latina está representada por Chile y México, miembros desde 2010 y 1994, respectivamente. En paralelo, Costa Rica y Colombia transitan el proceso de adhesión, desde 2015 y 2013. Y junto con Argentina y Perú, también Brasil puja por entrar en forma plena aunque retrasado en la carrera. Al otro lado del Atlántico, Rumania y Bulgaria se unen a Croacia en el intento. Del resto del mundo, África es, por lejos, el continente más subrepresentado. Le sigue el sudeste asiático. Corea del Sur fue el último que se incorporó y eso fue en 1996.

“Creo que el recelo es para mantener un equilibrio hacia adentro, e imagino que aquí debe pesar un recelo aparte de quien es el socio mayoritario, la Unión Europea, pero se han ido abriendo a regiones como Latinoamérica. Nos juega a favor que somos una zona poco conflictiva, sin problemas de religión o guerras, que puedan afectar la estabilidad”, sugiere la exdiputada y futura embajadora en Costa Rica, Patricia Giménez.

De Menem a los K

Poco después de ser designada vicepresidenta segunda de la Cámara de Diputados, la mendocina Giménez (UCR Cambiemos) respondió a una invitación de la Red Parlamentaria Global de la OCDE. No fue poca la sorpresa que se llevó y se llevaron cuando arribó. Le dijeron que hace tiempo que no se veían legisladores argentinos en esos encuentros, pese a que el vínculo de la Argentina con la OCDE no era nuevo -cumplió 35 años en 2017-. Así se lo contó ella a este medio.

“Ser miembro de la OCDE es ser miembro de Occidente”, definió una vez Jorge Campbell cuando era secretario de Relaciones Económicas Internacionales y encabezaba, en la Bolsa de Comercio, un seminario titulado “La Argentina y la OCDE: una asociación dinámica”. De eso hacen ya 20 años, octubre de 1997, cuando la organización contaba con 29 miembros plenos. Los que lo escucharon aquel día recuerdan que Campbell sonaba, por lejos, como el más optimista en el salón. “La Argentina quiere y supone que merece ser miembro de la OCDE”, había iniciado su discurso. Jean Bonvin, presidente del Centro de Desarrollo de la OCDE, lo contemplaba, sentado a su lado.

También entonces el gobierno de Carlos Menem afirmaba que el acercamiento a la OCDE buscaba “aumentar la certidumbre en la Argentina y los vínculos con el mundo”. A su turno, Bonvin le listó, al entusiasta Campbell, los problemas a resolver antes de poder entrar: “El desempleo, que es un poco alto, el desarrollo de la educación y los problemas de equidad”. En segundo término, reformar la Justicia. Y profundizar en el sendero económico que, en boca de Bonvin, había elevado a la Argentina al nivel de las economías de Grecia y Portugal. Ambas terminarían como parte de los PIGS europeos en la debacle de 2008/2009 -la Argentina implosionó antes, en 2001- aunque pocos podrían haber imaginado entonces lo desatinado del comentario del francés Bonvin, quien murió en marzo del año pasado.

Desde los ’90s, el país se ha acoplado en forma progresiva e intermitente a los diversos comités técnicos, en particular durante la presidencia menemista -Agricultura, Comercio, Inversiones, Anticohecho y Pesca- y la kirchnerista -Químicos, Política Científica y Tecnológica y Asuntos Fiscales-. Como parte de los objetivos prioritarios del gobierno de Cambiemos, se ha acelerado en los últimos dos años hasta completar los 15 restantes del organigrama: Gobernanza Corporativa, Competencia, Estadísticas, Política Económica, Economía Digital, Gobernanza Pública, Seguro y Pensiones Privadas, Mercados Financieros, Política del Consumidor, Política Regulatoria, Empleo, Trabajo y Asuntos Sociales, Educación, Salud, Desarrollo Territorial y Medio Ambiente.

Fueron 15 plazas en 17 meses, con el subsecretario Marcelo Scaglione como representante del gobierno ante la OCDE y cada uno de los máximos referente políticos del gobierno designados ante los comités específicos de su área. Por ejemplo: Fernando Blanco Muiño, el Director Nacional de Defensa del Consumidor, integra el panel correspondiente. Explican, los que siguen el proceso, que a los miembros de la OCDE les gusta ver siempre las mismas caras, como signo de previsibilidad. Y en lo pragmático, es esencial para tejer relaciones.

Argentina expresó su deseo de membrecía en junio de 2016. Para abril de 2017, el Consejo de Embajadores de la OCDE ya había recibido, de manos de Dujovne, el Plan de Acción que contemplaba un listado de 60 compromisos de acción -desde la modificación de determinados procedimientos burocráticos hasta la sanción de nuevas leyes como la de Responsabilidad Penal Empresaria, cuya adecuación a la normativa vigente en la OCDE se adeudaba desde 1997.

En simultáneo, 23 misiones de asesoramiento y evaluación transitaron por el país mientras los embajadores argentinos, en cada una de las 35 naciones con poder de voto, iniciaban su propio trabajo fino de diplomacia para ganar su respaldo. En julio de 2016, solo se contaba con el respaldo de Francia e Italia. Hoy la Argentina reúne el consenso pleno y ni siquiera el cambio de administración en la Casa Blanca alteró el apoyo de Estados Unidos, al menos por ahora. Desde lo legislativo, se obró en paralelo con una comisión que presidió Giménez diseñada a partir de los presidentes de los Grupos de Amistad con países de la OCDE, compuesta por oficialistas y opositores.

Jorge Faurie tuvo mucho que ver en el trabajo lateral. Ex embajador argentino en Europa durante 15 años -los dos últimos en París-, conoce al organismo de cerca y fue uno de los responsables de organizar reuniones de aproximación a funcionarios y legisladores argentinos. El destino de Giménez en Costa Rica, con mandato cumplido como diputada, tiene que ver también con la necesidad de observar al país del “Pura Vida” en una suerte de laboratorio virtual, con sus marchas y retrocesos en el proceso de adhesión.

“Pertenecer es pasar a ser actor y parte de la gobernanza global. Como tener la ISO 9001”, ilustró un asesor que trabaja en la comunicación de Presidencia. Aun logrando el ingreso pleno, la historia no culmina allí porque el socio debe revalidar su estatus, bajo permanente revisión. Un caso emblemático fue el de Suiza, que debió reformar su celosía bancaria a los nuevos preceptos de transparencia internacional que bajaron desde el G20 vía la OCDE y sus propios pares. Un problema que, posiblemente, ya sea de otro gobierno.

Primera evaluación

La OCDE le prometió a la Argentina que podría engordar su PBI hasta 15 puntos en una década. Solo debía seguir sus recomendaciones. Las plasmó en el primer Estudio Económico Multidimensional de la Argentina, una evaluación de 68 páginas que jamás se había conducido sobre un país que no es miembro pleno de la organización y se halla en proceso de acceso.

Allí se evaluó el sistema tributario argentino como poco eficiente y complejo, tanto que “pocas personas pagan impuestos, lo que contribuye poco a disminuir las desigualdades y crea incentivos a la informalidad”. Como respuesta, la organización promueve bajar el mínimo no imponible y asegurar tasas progresivas, entre otras medidas. También habla de moderar el impacto social por la pérdida de trabajos que puede generar una mayor-y necesaria- apertura del mercado para estimular la competencia. El informe dibuja una escala donde solo Brasil figura con mayores “trabas” comerciales. Corregir el déficit es imperativo para estabilizar las cuentas, indica.

Por último, critica al sistema previsional argentino por ineficiente y por comprender un gasto demasiado alto para el notable envejecimiento poblacional. Y a la par de promover la reducción de desigualdades de género con políticas laborales y educativas que cierren la brecha, recomienda al gobierno equiparar la edad jubilatoria de ambos sexos.