El día que César Tabares volvió a Coronda

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El hombre que, aunque brevemente, hizo que las cárceles dejasen de ser un infierno

Cuando delante del tribunal juré decir toda la verdad y me pidieron que contara lo que me había pasado en mis seis años de preso político en Coronda, relaté mi experiencia en términos de día y noche. Inevitablemente la figura y el recuerdo de César fueron centrales en todo aquello.

Entre mayo y octubre de 1975 estuve detenido en aquella cárcel por primera vez. Entonces fui elegido delegado del pabellón ante las autoridades del penal e hice de interlocutor ante el director general de cárceles de la provincia de Santa Fe, doctor César Tabares. Fue sin duda el breve período excepcional de los años que estuve privado de la libertad.

César era abogado y militante peronista. Lo conocí en la CGT de los Argentinos que por aquellos años conducía el enorme Héctor Quagliaro. Yo empezaba mi militancia política en el departamento de villas de la CGT de los Argentinos. Él ya era un cuadro del movimiento revolucionario peronista. En aquellos años nos unía a todos la consigna de resistir a la dictadura de Onganía. Había mucha militancia, mucha bronca y el movimiento obrero combativo mostraba una gran disposición al parar y movilizarse. Al poco tiempo el Rosariazo y luego el Cordobazo darían cuenta de aquel diminuto tirano.

Cuando en 1973 volvió la democracia y el general Perón ganó las elecciones, César integró el gabinete del Ministerio de Gobierno de la provincia asesorando al doctor Roberto Rosúa y posteriormente fue designado Director de Cárceles.

En ese marco fue que nos reencontramos en su despacho, tras un pedido de audiencia, yo como representante de los presos y él como director. Nunca olvidaré su cara en el momento en que el guardia cárcel se retiró de su despacho y sin testigos nos estrechamos en un abrazo.

Aquel olvidado artículo de la Constitución que dice que las cárceles del país serán sanas y limpias, no para castigo sino para seguridad de los reos, era su obsesión. En esos pocos meses que duró su gestión —su renuncia se produjo en el mes de septiembre del ’75—, otorgó importantes beneficios a los presos políticos. Visita de todo el día los domingos, biblioteca común en el pabellón, iluminación dentro de la celda para poder leer después de la hora de cierre. En una palabra, contemplar la dimensión humana de las personas y su posibilidad de transformar la horrible experiencia de perder la libertad en ocasión para formarse y capacitarse para afrontar la vida en libertad.

Su determinación lo hizo chocar contra la pared de la fuerza penitenciaria hegemonizada por la derecha más cruel. Se repetían las amenazas de la Triple A. Su casa fue tiroteada, lo acusaban de proteger a los subversivos, y cuando en el mes de noviembre de ese año las cárceles quedaron bajo el control de las Fuerzas Armadas, comprendimos el valor de lo que había pasado.

Cuando me trasladaron en tiempos del Mundial ’78 nuevamente a Coronda, constaté lo que era la noche en relación a la época de César Tabares. Habían convertido a la cárcel en un campo de exterminio físico y psíquico de los presos.

Su secuestro y posterior desaparición está a todas luces vinculado a su gestión como Director del Servicio Penitenciario. La patota de Agustín Feced, el asesino serial que ofició de jefe de policía de la provincia de Santa De luego del golpe del ’76, lo detuvo y se perdió en la niebla y la noche para siempre. Mi ilusión es que su causa se vincule a Coronda y sus compañeros de militancia y de gestión dejen registro de la vida truncada de este gran demócrata y militante del peronismo.