Fuego amigo sobre la meta de inflación y una carta bomba para dinamitar las paritarias

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La nueva meta del 15%, como en las películas de espías, se autodestruyó en cinco segundos. El aumento del 66% del boleto mínimo de colectivo para el área metropolitana de Buenos Aires la ridiculizó ante el gran público, pero la inminente suba de los combustibles promete infligirle un daño mucho mayor en términos macro. La federación de transportistas de carga (FADEEAC), que agrupa a los dueños de las flotas de camiones que mueven el 95% de la carga del país, advirtió ayer mismo que trasladará ese incremento de costos del 5 al 7% que se sumará al de diciembre, cuando el gasoil ya había trepado un 5,8%. Tanto el diesel como la nafta premium subieron en 2017 por encima de la inflación: un 29% el primero y un 35% la segunda. Para peor, según la FADEEAC, los peajes treparon a la vez un 42,2% con la venia de Dietrich. Y lo que se paga por Patentes, un 35%.

La disparada del petróleo, que ayer cerró en un nuevo récord desde 2014 (68 dólares por barril), jaquea todo el plan económico. Si sigue subiendo al compás de las bravuconadas de Donald Trump y Kim Jong-un, no solo obligará a Macri a revisar de nuevo la meta de inflación sino que forzará un ajuste fiscal adicional para compensar el sobrecosto que deberá afrontar el fisco para sostener los subsidios a la energía. También podría forzar otro boletazo antes de que empiece 2019, tal como admitió en un susurro Dietrich tras presentar las subas y el descuento “multimodal” que -según los propios datos de Transporte- aliviará el aumento para apenas uno de cada cinco pasajeros.

Brisas

¿Y si encima la Reserva Federal empieza a empujar las tasas de interés de vuelta a sus niveles normales, previos a la baja abrupta que impuso el crac de 2008 y que el capitalismo global nunca logró revertir? Es el otro cisne negro que desvela al ministro de Finanzas, Luis “Toto” Caputo, quien avisó la semana pasada que el plan solo cierra con 30.000 millones de dólares de deuda nueva. No en vano el exCEO del DeutscheBank pidió que le apuren la venia para tomar prestados los primeros 15.000 millones. Hay que escuchar más a Santiago Soldati, el Marcelo Mindlin de los 90, que vio evaporarse en un año una fortuna de tres generaciones: “Un mes antes, el Tequila no se veía venir”, evocó en un brindis de fin año.

No es solo la brisa de frente que empieza a golpear la proa del experimento Cambiemos. Es también un año donde Macri debe mostrar sí o sí resultados para garantizarse la reelección de la que desde octubre habla con naturalidad. Será tema obligado esta noche en La Huella de José Ignacio, donde su excolega Gabriel Martino reunirá a la crema del establishment, incluyendo a un par de ministros. Su gala, la del HSBC, destronó a la de “Mamá Ganso”, la chacra del banquero Jorge Horacio Brito.

Entre los hombres de negocios se nota también el cambio de los vientos políticos. El dueño del banco Macro se conforma ahora con que el juez Ariel Lijo lo haya autorizado a volar al Este y con que Macri se haya fotografiado esta semana con su hijo Jorge Pablo entre los molinos eólicos de Rawson. Esa imagen, en una pausa de las vacaciones patagónicas del mandatario, terminó de convencerlo de que en Olivos no le desean la misma suerte que a Cristóbal López.

Buzones

La relación entre Macri y Sturzenegger quedó dañada al punto de que el banquero central volará a fin de mes a Basilea para la secretísima reunión anual de los gobernadores del Banco Internacional de Pagos (BIS) pero evitará esperar al Presidente en la villa alpina de Davos, como hizo en 2016, cuando ambos acababan de asumir. Este año, los 189 kilómetros que separan a Basilea de Davos parecen un océano. Anoche arreciaban de vuelta las versiones de renuncia del jefe del Central, pero sus allegados insistieron en desmentirlas.

Descartada la meta del 15%, toda la economía empieza a moverse al compás del 20% que surgió del Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) “blue”, tal como bautizó el ocurrente economista Amílcar Collante a la compulsa por Twitter que empezó a circular tras la difusión por parte del Banco Central de una encuesta incompleta, sin pronósticos posteriores a los anuncios del jueves pasado. Es lo que augura también Martín Redrado. Y el equipo de economistas de Sergio Massa, del que se apartó hace unos meses.

En silencio, Jorge Triaca trabaja para que el ancla de la inflación de 2018 sean los salarios. El ministro de Trabajo lo hace con armas no convencionales, como la amenaza de hacer públicas las declaraciones juradas de los popes sindicales que presidan obras sociales. Pero no opera en soledad. El vicejefe de gabinete Mario Quintana también aprovechó el virtual interinato que encabezó esta semana en la Rosada para enviar una señal clave a una ronda de paritarias que asoma tensa.

Quintana impartió órdenes precisas que se ejecutaron de inmediato: el 22 de diciembre, el Correo Oficial pidió formalmente a Trabajo que abra su procedimiento preventivo de crisis (PPC). Allí solicitó que se lo habilite a no pagar la última cuota de la paritaria 2017, que se abra la puerta a “reestructuraciones” de áreas poco rentables, que no se abonen más las licencias gremiales y que se deje de girar a los gremios postales un “aporte solidario” del 7,5% de la nómina salarial. Todo un modelo de lo que Triaca puede aplicar al gremio que amenace con perforar su techo salarial.

Vueltas de la vida: el aporte del Correo a los gremios postales había sido autorizado por el actual director nacional de Relaciones Laborales del Ministerio de Modernización, Gonzalo Díaz, quien sobrevivió a la gestión privada del grupo Macri y se quedó como funcionario del camporismo en el Correo tras la reestatización. Su jefe, el subsecretario de Relaciones Laborales y Fortalecimiento del Servicio Civil, Carlos Lelio, también fue director del Correo en la época de SOCMA. Pero no se quedó cuando le rescindieron el contrato de concesión por falta de pago del cánon. Optó por montar un estudio jurídico que patrocinó cientos de demandas contra el propio Correo. La siempre próspera industria del juicio.