Nadie te mató, Nora

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El último penoso capítulo de esta historia de casi 11 años fue el apartamiento del fiscal Daniel Miralles de la causa. Nada más y nada menos que el cuarto fiscal del caso.

Córdoba tiene sus llagas criminales. Episodios que, por distintas causas, se volvieron cicatrices imborrables.

Nora Raquel Grassi de Dalmasso (51 años al momento de ser asesinada) es una de esas dolorosas marcas, una cruel llaga que con el paso del tiempo sigue creciendo.

Los profundos ojos celestes de esa mujer, así como se enfrentaron al espanto mismo un domingo de madrugada de hace casi 11 años, siguen allí, abiertos, mirándonos fijo, preguntándonos cómo fue que se llegó a esta patética impunidad.

 

Esos ojos parecen preguntar cómo fue posible que algunos hicieran todo mal para no llegar a la verdad y, a la vez, cómo otros permitiéramos que un caso criminal se volviera una colección de incompetencias, negligencias e impunidades.¿Alguien puede negar que quienes debieron echar luz sobre lo que pasó aquel 26 de noviembre de 2006, en un chalet del Villa Golf de Río Cuarto, hicieron mérito suficiente para dejar todo al borde de un crimen perfecto?

El último penoso capítulo de esta historia de casi 11 años fue el apartamiento del fiscal Daniel Miralles de la causa. Nada más y nada menos que el cuarto fiscal del caso.

El funcionario se aprestaba a mandar a juicio al esposo de Nora como el supuesto asesino.

Nada de crimen por encargo con un oscuro entramado de dinero y poder político detrás. Nada de venganza narco o de testaferros. Nada de matricidio. Nada de un amante enajenado. Nada de un ataque sexual de un pervertido.

Para Miralles, el único y gran sospechoso era Marcelo Macarrón y quería mandarlo a juicio como presunto autor material.

El fiscal insistía en que el médico había cometido el femicidio en medio de un frenético raid con avionetas yendo y volviendo de noche. Pero Miralles cometió el error de un novato: no se cansó de decirles a muchos cómo planeaba mandar al viudo a juicio.

Luego, al verse solo, amagó con dar un portazo en clara búsqueda de un apoyo de la Fiscalía General que nunca llegó del todo. Para peor, frente a Miralles se plantó el defensor del viudo, Marcelo Brito, un abogado que sabe lo que es pelear en el fango, cueste lo que cueste. Y pasó lo inevitable: el fiscal fue borrado de un plumazo.

Ahora, se espera que otro fiscal se convierta en el quinto instructor del caso. Va de nuevo: el quinto.

Desde aquella oscura madrugada, ha sido incesante el desfile de funcionarios judiciales (entre otros) por el caso, mientras la impunidad se hizo carne.

A 11 años, la sensación que flota es que a Nora no la mató nadie. Y al mismo tiempo, la matamos todos.

No hay forma de comprender cuándo y cómo fue que permitimos tanto manoseo judicial; cómo toleramos que quienes debían dar respuestas y hacer cumplir la ley no lo hicieran; cómo asimilamos que una investigación se convirtiera en un show novelesco por entregas.

No hay forma de entender tampoco cómo las fotos y carteles por Nora no marchan por las calles una y otra vez para exigir justicia. Triste, doloroso y penoso es ver cómo la sociedad terminó dándole vuelta la cara a esa mujer y dejó de exigir respuestas.

“Su padre murió de tristeza, esperando justicia. Ojalá algún día llegue”, dice la madre de Nora, quien insiste en que una mafia la mató.

Mientras Nora, nuestra marca, camina a convertirse en un crimen perfecto, sus ojos siguen allí, firmes, mirándonos, esperando respuestas que no damos.