Equipo provincial: un relanzamiento obligado y que puede no ser definitivo

El gobernador Schiaretti hizo en tres semanas la misma cantidad de cambios en su gabinete que en casi 11 años, lo cual habla de la magnitud de algunos problemas.

Roberto Battaglino

En 20 días, Juan Schiaretti hizo la misma cantidad de cambios en su gabinete que en los 10 años y nueve meses no consecutivos que lleva como gobernador de Córdoba.

Es un dato en sí mismo. Es poco afecto a los cambios y tiene una manera singular de administrar conflictos. Lo cual habla de la magnitud de ciertos problemas con los que encara este crucial tramo de su administración.

No fueron, ni son, decisiones sencillas y de pronta ejecución. Hace tiempo que Schiaretti escucha insinuaciones dentro de su propio equipo sobre la necesidad de algunos cambios, en especial en las áreas más sensibles de la administración.

Hacia adentro, venía dando algunas señales de que estaba dispuesto a una reestructuración para una especie de relanzamiento con vistas al último año de su gestión, cuando va a estar en juego la continuidad del proyecto político que encabeza. Pero se tomaba su tiempo para no aparecer como cediendo ante escándalos o ante planteos de la oposición.

La magnitud de algunos hechos y la dimensión de episodios que trascienden los límites provinciales en su impacto lo obligaron a adelantar y hacer las modificaciones en tramos. El Panal insiste en que los cambios terminaron, pero las certezas las dirá el tiempo.

Hasta acá, los dos reemplazos más salientes, en Salud y en Seguridad, estuvieron obligados por los tiempos judiciales, que no se caracterizan por una dinámica de celeridad.

La salida de Diego Cardozo fue previa a la imputación de este por incumplimiento de los deberes de funcionario público, en la investigación por las muertes de recién nacidos en el Neonatal. Schiaretti trató de hacer la menor cantidad de olas posibles y puso a la segunda de Cardozo, Gabriela Barbás, al frente de la cartera.

Pero sigue habiendo pedidos de renuncia de funcionarios de distintas líneas del Ministerio de Salud a medida que van saltando responsabilidades en esa confusa trama de silencio que rodeó al espanto con los bebés. Barbás deberá seguir haciendo equilibrio y mostrar que era ajena a todos esos movimientos que rodearon al hospital Ramón Carrillo.

El alejamiento de Alfonso Mosquera del complicado Ministerio de Seguridad fue el día antes de los señalamientos de Soledad Laciar en el juicio que analiza el asesinato del hijo de esta, Valentino Blas Correas.

Mosquera venía jaqueado por muchos flancos y se enteró el día antes de que su ciclo se había cumplido. En cambio, a su sucesor, Julián López, hacía rato lo venían preparando para que agarrara la brasa ardiente y preparara su sucesión en la cartera de Justicia.

Se vuelve al tradicional esquema de un secretario de Seguridad que tenga relación directa con la Policía y un ministro que sobrevuele las cuestiones políticas. Era tan compleja la elección de la figura de ese secretario que terminó recayendo en Claudio Stampalija, un técnico que fue asesor tanto de Mosquera como del anterior secretario de Seguridad, Diego Hak.

PREOCUPACIONES

López ascendió en consideración por haber sido una especie de intermediario-moderador en esas dos grandes crisis ajenas a su cartera: la primera, la contención tardía a los padres de Blas Correas; la segunda, a los familiares de los bebés del Neonatal.

También hay una apuesta en los términos de la oxigenación que le venían pidiendo a Schiaretti puertas adentro. Es más, había planteos hacia otras áreas del gabinete, sobre las cuales el gobernador ni tomó nota.

El fracaso de Marcos Juárez reactivó algunas preocupaciones con vistas a 2023 y reflotó el motivo del último gran roce entre Schiaretti y Martín Llaryora: la puja generacional. Ese tema está lejos de saldarse.

López tendrá misiones modestas en el armado electoral, ya que le confiaron el diálogo con los intendentes de localidades chicas y medianas. Los jefes municipales de las grandes ciudades seguirán con línea directa con el gobernador.

Y la otra gran preocupación en el oficialismo provincial es que no hay garantías de que se concrete una fractura de cierta envergadura en la oposición para las elecciones del año que viene. Esa tarea continúa reservada a las más altas esferas de poder.