Hipotecarios: por qué errar una vez si pueden ser dos veces

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Créditos hipotecarios.

La insólita pretensión del Banco de Córdoba (Bancor) de modificar los términos de créditos hipotecarios otorgados entre 2008 y 2011 muestra, con la claridad de una confesión, dónde terminan las políticas financieras que se presentan como generosas pero que al final les hacen pagar a muchos el beneficio de unos pocos.

Después del 2001 y con la deriva demagógica y cortoplacista de las políticas K, nadie quería prestar un peso a largo plazo en Argentina.
Así que el Banco Nación sacó una línea de préstamos muy beneficiosa para el deudor y pésima para él mismo: créditos a una baja tasa de interés fija, que se fueron licuando con la inflación. Por eso, los préstamos eran escasos. Y los pocos que se dieron se concentraron en el Gran Buenos Aires, vedette electoral del país unitario.

En Córdoba, Juan Schiaretti, entonces en su primera gestión, no quiso ser menos y puso a Bancor a hacer lo mismo. Para ser justos, la desaparición del crédito había frenado en seco a la construcción.

Así que desarrollistas y constructores presionaron por esa decisión.
Sacaron dos líneas de préstamos (Tu casa, Tu hogar) con tasa fija del orden del 7% anual. Al resto lo ponía la Provincia. Basta imaginarse lo que pasó desde entonces. Con inflaciones que jamás fueron inferiores al 20%, los efectos inevitables son dos: al deudor se le va regalando la casa; y al préstamo lo termina pagando el fisco cordobés (mientras la Provincia cumplió con aportar el subsidio a la tasa a Bancor) o el propio banco. En cualquier caso, son viviendas que, como contribuyentes de la Provincia o supuestos dueños de Bancor, todos vamos regalándoles a quienes consiguieron tomar esos préstamos.

Ahora, Bancor quiere deshacerse de ese muerto que le causa graves pérdidas, porque la Provincia dejó de darle el subsidio. De los 5.000 créditos que dio ya renegoció 2.500. Y les está enviando propuestas a los otros 2.500. Con muchos, ha hecho valer el hecho de que incumplieron las condiciones del préstamo. Pero con otros Bancor no tiene argumento para modificar un contrato pésimo para todos pero genuino para quienes sí se endeudaron.

Hasta quien era el presidente de Bancor cuando se dieron los créditos, Mario Cúneo, ha considerado que revertir los créditos sin consenso puede llevar a un “conflicto legal”.

Tontos por millones

No es la primera vez que el poder político fuerza préstamos que luego, por la deriva eternamente asombrosa de la economía argentina, terminan pagando los tontos que no se endeudaron, como exhibe este ejemplo.

Lo curioso es que Argentina está dispuesta a cometer de nuevo la misma tontería, pero esta vez multiplicada por miles de millones. El diputado massista Marco Lavagna ha presentado un proyecto que entraña el riesgo cierto de que en unos años les vuelvan a colgar un muerto multimillonario a quienes no se endeudan, para privilegiar a quienes sí toman una hipoteca.

El proyecto ya cuenta con el respaldo de las múltiples franquicias del peronismo, que le ofrecen al Gobierno sacar esta ley a cambio de apoyar una reforma al mercado de capitales.

¿En qué consiste el plan Lavagna? Básicamente, en garantizarles a los tomadores de nuevos créditos hipotecarios UVA que, si por efecto de la inflación la cuota de su préstamo supera en algún mes la porción original de su sueldo destinada a devolver el crédito, la diferencia se cubra con un fondo especial a constituirse. La idea tiene numerosas contradicciones y problemas:
-Una. Se trata de un seguro contra la inflación, cuando justamente la clave del sistema UVA es atar los préstamos a un mecanismo razonable de indexación de corto plazo para posibilitar un préstamo a largo plazo.
-Dos.Los deudores se beneficiarían cuando su cuota creciera en relación a su salario, pero no compensarían ese beneficio cuando su cuota disminuya como porción de su salario. Ganan siempre.
-Tres. ¿De dónde saldrá la plata del fondo? Lavagna dice que una pequeña parte de la cuota, en lugar de cobrarla el banco, iría al fondo. Y que los bancos lo aceptarían (sin encarecer el préstamo) porque así bajaría el riesgo de que los deudores no le paguen. Pero, que como eso no va a alcanzar una masa crítica, también se destinarían al fondo el 10 por ciento de las ganancias del Banco Central.
Y acá está la trampa por la que, en pocos años, si la inflación no cede (y estamos en un país con 70 años de récords inflacionarios), los tontos que no se endeudan volverán a regalarles sus casas a los que sí se endeudan.

Las “ganancias” del Banco Central son, cuando hay inflación, ficticias. Como el peso se devalúa, las reservas del Central (en dólares, euros, oro) valen cada vez más pesos. Así, el Central “gana” pesos cada vez que los devalúa. El Central “gana”, los que tenemos sus billetes perdemos. Pero, encima, esas “ganancias” pertenecen al Estado; es decir, a todos los ciudadanos. Con ellas se puede financiar cualquier cosa, como si fueran la recaudación de un impuesto. Sólo que, con la Ley Lavagna, una parte de esas “ganancias” se cedería a los endeudados para subsidiarlos. Voilà.

Bajen la inflación y después hablamos

El esquema roza el absurdo y el círculo vicioso. La inflación, que complica a toda la economía y no sólo al negocio hipotecario, se produce porque el Estado no logra vivir de lo que recauda y entonces emite dinero. La solución Lavagna, en lugar de facilitar que el Estado ponga en caja de una buena vez sus números, lo obliga a gastar más, y en algo en que hasta ahora no gastaba: dar un beneficio adicional a los que se endeudan en pesos. En lugar de menos inflación, más inflación. Más problemas para los endeudados, que requerirán más asistencia del fondo, que requerirá cada vez más dinero.

Ahora, como en los tiempos iniciales del “Tu casa” de Bancor, todo parece bonito y generoso. Pero estamos en Argentina. En unos pocos años, este regalo que quieren hacer algunos legisladores con la plata de quienes no se endeudan puede transformarse en una pésima noticia, en otra mochila cargada al lomo de quienes sostienen al Estado y no disfrutan de su dispendiosidad.