Los corruptores

Para cierta gente, arruinarlo todo no es una opción sino un estilo de vida

 

La corrupción tiene mala prensa. Un hecho desgraciado, porque en el fondo es buena, la pobre. Hablamos de una fase esencial del proceso orgánico. En latín, corrumperesignifica “arruinar(se), decaer”. Lo que se corrompe desde el comienzo de la vida en esta Tierra es la materia: una vez descompuesta, devuelve su esencia —primero sus componentes químicos, eventualmente sus átomos— a la trama del universo, y de ese modo colabora a reverdecerla. El proceso no es agradable de ver y menos de oler, pero resulta imprescindible; un eslabón clave en la cadena de la vida.

 

 

Tan pronto los seres humanos levantamos la cabeza, una de las primeras cosas que hicimos fue —nuestra especialidad— corromper la corrupción. La palabra que definía una etapa del ciclo vital empezó a aplicarse, por extensión, al talento de la especie para pudrirlo todo. Y de allí en más la corruptio se volvió inescapable. Arruinamos lo concebido con intenciones loables: la religión, la justicia, la república. ¡Arruinamos hasta el lenguaje! Y así la corrupción original —la natural, la buena— resultó desplazada. En el diccionario de la RAE, más allá de la primera definición (que es neutra, y no distingue entre corrupción natural y humana), todas las demás aluden a nuestros vicios y abusos. En el diccionario online de Oxford, recién la cuarta definición responde a la corrupción primigenia; las principales están dedicadas a nuestra deshonestidad.

Este presente es un tiempo para el cual la corrupción es un hecho, o tal vez incluso EL hecho, central. Pero cuidado, que no me refiero aquí a la acepción más popular del término. Decir corrupción y pensar sólo en dinero negro cambiando de manos sería empobrecer el concepto, emplearlo con mentalidad estrecha; como tener una Ferrari y usarla como transporte escolar. No quiero decir con esto que la corruptela cotidiana sea poca cosa. Dios sabe los dolores que sufrimos a causa de los gobernantes, los jueces y los policías venales. Esto es grave, sí. Pero el problema al que apunto es más gordo.

¿Será temprano o demasiado tarde para introducir la noción de corruptocracia?

 

Tiro al negro

Días atrás, el New York Times hizo una cosa insólita: publicó en su sección de columnas de opinión un artículo anónimo. Lo hizo para proteger la identidad del funcionario que se definía así desde el título: Soy parte de la resistencia al interior de la administración Trump. Lo que el texto hacía era poner en on lo que hasta entonces había sido una sospecha: la existencia de republicanos que, desde la estructura del gobierno, sabotean las decisiones de Trump para morigerar sus peores inclinaciones y, en último caso, apearlo del poder.

 

 

En su comentario desde el New Yorker, Masha Gessen puso el hecho en contexto: “La forma en que se está corrompiendo a los medios —incluso al Times, que sigue publicando investigaciones destacables en esta era— es uno de los más insidiosos, pronunciados y quizás perdurables efectos de la administración Trump. Los medios se corrompen cada vez que se enganchan con un tweet absurdo, mentiroso u odioso de Trump… Se corrompen cada vez que los periodistas se muestran amables mientras el Presidente, su gente de prensa u otros oficiales del gobierno les mienten en la cara. Se corrompen cada vez que se define a una mentira de Trump como “falsedad” o “afirmación fácticamente incorrecta” en lugar de como lo que es: una mentira. Se corrompen cada vez que le permiten al gobierno tergiversar la interpretación de un asunto importante, como la presunta efectividad de apartar a niños de sus padres como acción disuasora contra la inmigración ilegal”.

Lo que Gessen sugiere es que, al desviarse de su standard deontológico para dar lugar a esa columna, el New York Times ha sido arrastrado al barro en el que Trump juega mejor que nadie. “Eso es lo que ocurre con las autocracias, e incluso con las autocracias en ciernes”, dice. “No le dejan a los ciudadanos más remedio que elegir entre dos males. En cierto momento, uno debe dejar de seguir buscando la solución adecuada para abocarse, en cambio, a encontrar un curso de acción que no lo convierta en cómplice”.

La influencia corruptora de Trump no se limitaría, así, a las prácticas comerciales (en esta área ya destacaba mucho antes de llegar a Presidente) y su política económica y militar, sino que se extendería al rol de los medios —a los que define como enemigos del pueblo—, al lenguaje de la política y, ante todo, a su práctica diaria. El “estilo Trump” denigra la calidad institucional, tanto como lo hizo Nixon cuando convirtió la Presidencia en un chiquero. Parece inevitable: Trump es ignorante, mentiroso y carece de escrúpulos y su gobierno tiende a proceder del mismo modo; a pesar de la “resistencia interna”, actúa como un organismo que ya fue contaminado; las bacterias de la descomposición se trasladan de la manzana podrida al resto del cajón.

 

 

Pero esto no es sólo un problema del gobierno, y por ende del Partido Republicano que acompaña a Trump sin disimular su gesto de asco. También es un problema para los demócratas y para los medios liberales: porque Trump los arrastra constantemente al barro que es su hábitat, pero ante todo porque, en su astucia, se ha encargado de hacer muy bien ciertas cosas. Para empezar, lejos de arruinar la incipiente mejora económica que Obama cimentó durante sus meses finales de gobierno, se montó sobre ella y la potenció con medidas proteccionistas. Después se ocupó de cumplir con sus promesas de campaña, una tras otra. Ahora, aunque no sean pocos —empezando por el establishmentpolítico— quienes lo desprecian y lo consideran vergonzante, no les queda otra que lidiar con esta realidad: muchos ciudadanos estadounidenses están mejor que antes. Y a la hora de votar, el bienestar suele ser más importante que las cuestiones ideológicas o de estilo. (Eso es lo que ocurre, al menos, en las sociedades que no han perdido del todo la cordura.)

Esta circunstancia mueve a comparaciones tentadoras. Macri es ignorante, mentiroso y carece de escrúpulos como Trump; también como él, es un autócrata en ciernes. Pero existiría entre ellos una gran diferencia: Macri no cumplió casi ninguna de sus promesas y su política económica dinamitó el bienestar de la mayoría de sus votantes. Salvo contadas excepciones, los argentinos estamos mucho pero mucho peor de lo que estábamos cuando asumió. Y por eso se acercaría el tiempo en que el / la votante privilegiaría su deseo de bienestar por encima de sus prejuicios ideológicos y de clase, dando lugar a una renovación de autoridades durante las próximas elecciones.

Pero en materia política, dos más dos no tiene por qué sumar cuatro. En especial cuando la operación matemática incluye miembros invisibles, que distorsionan el resultado.

Macri no cumplió ninguna de sus promesas explícitas, pero viene sobrecumpliendo con una tácita, que se cuida de expresar con todas las letras aunque la sabe fundamental para su núcleo duro: perseguir a los dirigentes del peronismo combativo y hacerle la vida imposible a los peronistas del llano, con el objetivo de máxima de liquidar al movimiento como opción electoral.

Y en esta sociedad sectaria, racista y violenta, esa promesa cumplida —así solita— puede alcanzar para conservar el poder. Convivimos con gente que disfruta más del odio que de su propio, objetivo bienestar.

Para esa gente, humillar al negro y a sus defensores bien vale el precio de un voto, aunque alrededor suyo el mundo entero se desmorone.

 

La peste de los nenes de oro

Hay una corrupción que Macri y los suyos trajeron de arrastre y pusieron sobre la mesa, dado que son quienes son: empresarios carroñeros que hicieron fortuna estafando al Estado (o sea, a nosotros) y / o explotando los defectos del sistema. Si no se hubiese roto tantas veces el orden institucional y contásemos con una democracia seria y sólida, probablemente esta gente no sería quien es, o debería haber labrado —bah: heredado— fortuna de otro modo. Pero así son, eso son: rémoras que no saben ganar dinero y crear poder si no es sobornando, timando al cetáceo bobo del Estado y manipulando la ley en su beneficio.

Quienes lo votaron lo hicieron a pesar de su currículum —un heredero bueno para nada, un ingeniero de cartón, un vivillo con asesores y esposas caras—, con tal de que cumpliese con su mandato no escrito: Afaná lo que quieras, timanos tranquilo, jodenos la vida pero no dejes de bombardear nuevamente al peronismo — y por favor, meté en cana a la Porota. No hay mejor forma de explicar el éxito de la marca Cambiemos: funcionan, y funcionarán, mientras sigan inspirando los sueños húmedos del gorilismo.

 

 

El drama es que ser un empresario corrupto reviste gravedad, pero corromper la estructura del Estado manda la democracia a terapia intensiva. Todo el funcionariado deviene cómplice de una asociación ilícita que invierte el sentido de su tarea; en lugar de hacer aquello para lo que fue creado —servir a las mayorías y defender los derechos de las minorías—, se pone al servicio de intereses foráneos y de un grupito de fortunas locales.

Aquí el daño que produce Cambiemos se desdobla. Existe un daño objetivo, mensurable a partir de las medidas que toma, las omisiones en que incurre y el precio que se paga por ello: en vidas, en salud, en educación, en trabajo creado (o descreado), en desarrollo (o en involución). Pero también existe otro tipo de daño, más insidioso y más difícil de evaluar.

Permítanme una comparación, imperfecta como todas. Si considerásemos al país como una institución educativa y a Cambiemos como sus autoridades y cuerpo docente, podríamos medir su rendimiento al modo tradicional: contar cuántos alumnos aprobaron y cuántos reprobaron, verificar el cumplimiento del programa, evaluar las pruebas —los tests, los trabajos prácticos— que describen el rendimiento de los estudiantes. Pero aun cuando esos resultados fuesen razonables, no serían todo lo que describiría la clase de educación que se imparte allí. Si en esa escuela primase el terror verticalista cimentado en castigos de toda índole y se hiciese la vista gorda ante las pandillas que practican bullying, el común de los egresados saldría con un título pero también con una experiencia traumática que condicionaría su vida.

Macri y su gente corrompen todo lo que tocan. Los negocios que crean y destruyen desde el Estado son la punta del iceberg. También corrompen a todo individuo y entidad que se les asocie, por el simple hecho de operar bajo su ala. El grado de autodestrucción a que —por ejemplo— los grandes medios y el Poder Judicial se someten por propia voluntad, para empatar con los métodos oficiales, es algo de lo cual les costará horrores recuperarse.

 

 

Por eso sería incorrecto decir que la corrupción es el método macrista por antonomasia: es, más bien, su verdadera ideología. Una que atenta contra el sentido de supervivencia de una comunidad civilizada, o como mínimo contra su cordura. ¿Qué pensarían del productor que, lejos de apartar las manzanas podridas para privilegiar la fruta buena, pone a la venta cajones llenos de mercadería descompuesta? Pues bien, eso hace Cambiemos: bajo su égida, lo que está de moda —lo que se usa, lo que se exalta— son las manzanas podridas.

Lo único que “derrama” de las políticas de Macri es el barro hediondo que producen y alientan. Eso es lo que vuelcan hacia abajo desde la cima, lo que salpican. La corruptocracia sería el gobierno de los miembros menos edificantes de una sociedad, aquellos que ante la dificultad para reivindicarse, bajan a todo el mundo a su nivel rastrero. Por eso todos los que se le aproximan, por fuertes y sagaces que se crean, terminan contaminados por su toxicidad. Los grandes medios rifan su credibilidad para travestirse en propaladores de odio y prejuicio. El Poder Judicial se dispara en los pies y mina su autoridad, convirtiéndose en objeto de burla y desprecio. Hasta Tévez se convierte en vocero de lo horrible, sin entender del todo cómo lo usan. Y un sector de la ciudadanía asume la defensa de lo peor, de lo más bajo, como estilo de vida: a pesar de su tradicional defensa de las formas, no parece sentir prurito alguno a la hora de mostrar resentimiento, violencia, ignorancia, grosería y defender a los gritos su derecho al más perfecto e irreductible egoísmo.

Juegan a primero yo / y después a también yo / y a las migas para mí, escribió el Indio Solari a comienzos del siglo. Se podría pensar que previó lo que vendría, pero no: más bien era consciente de que el núcleo de odio que forma parte del ADN argentino no había sido disuelto en el ’84, por el retorno de la democracia; apenas hibernaba, en espera de un ardor que lo invitase a desperezarse. Ahora que el calor de la crisis se aproxima a nivel infernal, vale preguntarse qué hacer con ese odio que torna inviable nuestra subsistencia. Antes que política y social, la grieta es ética: lo que está en juego es la normalización de la monstruosidad —para la cual, ya ha quedado demostrado, tenemos cierta vocación— o su denuncia, batallando en pos de un país que renuncie a su veta genocida y empatice y sienta piedad por su gente.

La única ventaja que otorgan en la lid es que, en su brutalidad, son transparentes respecto de sus intenciones. Más allá de la identidad de sus autores materiales, el atentado del cual fue víctima Corina De Bonis sintetizó el programa de Cambiemos en dos palabras: OLLA NO, le grabaron en el vientre. Es una declaración que no se presta a equívocos. Significa, sin vueltas: Los vamos a hacer cagar de hambre y además les vamos a impedir que se organicen para garantizarle un plato de sopa a nadie, ¡ni siquiera a los pibes!, so pena de secuestro, tortura y muerte. ¿La quieren más clara?

 

 

El drama es que, dada la intensidad de la acción corruptora del gobierno, se dificulta saber si aún estamos o no en condiciones de preservar el cajón de manzanas. En los meses por venir, mientras la vida distrae con sus tribulaciones cotidianas y nos desvelamos por llenar la olla propia, nuestro futuro y el de nuestros críos se jugará a cara o cruz. La posibilidad de que las mayorías vuelvan a privilegiar el odio, permitiéndole a Cambiemos —o al partido / candidato al que el poder elija como recambio— entregar el país maniatado para el sacrificio, existe: las probabilidades de que se vuelva realidad son altas. Por supuesto, cuando los ciudadanxs que les regalen su voto descubran que no quedan botes salvavidas para ellos habrá llanto y rechinar de dientes, pero será tarde; el destino es cruel con los que se abandonan a sus peores instintos.

Pero también es posible que pongamos freno a este curso y cambiemos de dirección. Para eso necesitamos ya mismo —ayer, si fuese factible— de una dirigencia política que esté a la altura de la encrucijada y canalice las voluntades tan formidables como dispersas que se expresan a diario en las calles. (Gente de corta edad en su mayoría porque por naturaleza, como dijo Kurt Cobain, “el deber de la juventud es desafiar la corrupción”.) Lo que vendrá es la oportunidad que dejará en claro —ante los ojos del mundo y también a los propios— qué clase de pueblo quisimos ser en el concierto de la Historia, cuando nos enfrentamos a la tentación de una nueva autocracia: si uno mezquino y de corto vuelo, y por ende nota marginal, o uno que, como reza el título local de un clásico de John Ford, es más corazón que odio.

 

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