No olvidemos el 16 de junio de 1955

Ese día trágico la Plaza de Mayo se veía intensamente nublada y fría. Eran las 12.40 cuando un avión Beechcraft sobrevoló la plaza abriendo el paso a otras 34 naves que echarían sus bombas contra el pueblo a lo largo de seis horas. La masacre se inició con dos bombas de 100 kilos, caídas en la Casa Rosada y el ministerio de Hacienda, sobre la calle Hipólito Yrigoyen. 

Tiempo de rumores

1955 fue un año de clima rumoroso en Argentina. No existía una oposición partidaria clara y la “contra” frente a Perón se mostraba corporativa e ideológica. En el mundo de los “aliados”, iban diez años desde el fin de la segunda gran guerra e Inglaterra intentaba recuperar el terreno perdido ante los Estados Unidos, convertidos en la principal potencia del mundo. La Iglesia actuaba contra el gobierno y se le unían los sectores más reaccionarios de las Fuerzas Armadas. Desde la Iglesia había confabulaciones, naturalmente no oficiales, que incluso llegaron a alucinar matar a Perón.

Existía desde noviembre de 1954 una acción coordinada de nacionalistas católicos en ciudades del interior del país, y en particular en Buenos Aires y Córdoba. La identidad antiperonista se sostenía en el odio histórico cultural de las clases acomodadas, los oligarcas y quienes se asomaban a sus rejas; alucinaban afianzar un polo peronismo-antiperonismo para recuperar los resortes del poder. La dignidad que representaba el peronismo para las clases trabajadoras en ascenso social, era resistida por los poderosos y comenzaban a pergeñarse ideas de construcción de los Comandos Civiles Revolucionarios (CCR), preparados para la violencia y que tuvo jefes históricos. En Córdoba, un líder era Arturo Íllia, antiperonista ligado en la organización al contralmirante Rial, jefe de la troika de la marina en el emprendimiento golpista. Comenzaba a circular de modo clandestino propaganda anti-oficialista, la idea de la muerte frente al enemigo político, sostenida por civiles y militares alineados en el golpismo, la organización en células tabicada con conducción militar.

Parte de los hechos de 1955, fueron narrados en la novela Operación Rosa Negra, que en 1956 publicó José Flores. Allí detalla el armado de un frustrado atentado al general Perón y se omiten los nombres reales de los miembros de la organización clandestina que iba a realizarlo. Se trataba de un complot de la Acción Católica. Otro foco de conspiración fue el Casino de la Escuela Superior de Guerra con el general Eduardo Lonardi, jefe del Primer Cuerpo del Ejército de Rosario, y el general Benjamín Menéndez, conspirador fracasado aunque incansable. En el campo civil actual los radicales Arturo Frondizi y Roque Carranza (que realizaba temibles atentados), Américo (“Norteamerico”) Ghioldi del socialismo, el conservador Reynaldo Pastor y Horacio Thedy, demócrata progresista, entre otros.

Los grupos católicos habían actuado el 15 de abril de 1953, en un acto de la CGT en Plaza de Mayo cuando al dar su discurso el presidente Perón, dos bombas operadas por estudiantes en la puerta del “Hotel Mayo” y otra en la boca del subterráneo de la Plaza. Hubo muertos y heridos en el hecho atribuido al jesuita Mariano Castex y estudiantes de la FUBA que pretendían matar a Perón. Castex recordaría que usaron los modelos de los maquis franceses, sin dejar de observar a los paracaidistas que fueron enviados a Praga en 1942 para matar “al segundo de Hitler”. Imaginaron cargar un jeep con explosivos el 17 de octubre de 1953, para hacerlo estallar al paso de Perón por la avenida Leandro N. Alem. Roque Carranza y Diego Muñiz Barreto habrían sido los jefes de la “La conspiración Bebé”, fracasó por errores del último. Los conspiradores fueron capturados.

Hacia 1954, los enfrentamientos entre la Iglesia y el gobierno crecieron. En Córdoba, el “Movimiento Católico de la Juventud”, del presbítero Quinto Cargnelutti, organizó la “Semana de Afirmación Católica” para oponerse a festejos del gobierno. Los jóvenes católicos afirmaban el Movimiento y rechazaban a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) ligada al gobierno. Allí, la organización de los comandos era jerárquica y si bien contaban con jefes del Comando Revolucionario militar, se ordenaban de acuerdo a las funciones que eran grupos de choque, de secuestro, de captura de personas, los responsables de explosivos, logística y los técnicos. Los cordobeses sumaban unos cuatro mil militantes.

El 10 de noviembre de 1954, en un discurso por cadena nacional Perón dijo que un grupo de activistas de la FUBA, eran “enemigos del pueblo” e identificó a obispos.

El enfrentamiento

En mayo de 1955, el gobierno suprimió la obligatoriedad de la enseñanza religiosa y la iglesia convocó entonces a la marcha del Corpus Christi el 11 de junio. La concentración masiva culminó con el izamiento de una bandera extranjera y con la quema de una bandera argentina. El diario “Democracia” titulaba “Traición”: “Grupos clericales conducidos por curas de sotana agraviaron a Evita, vociferaron contra la CGT y la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Balearon a “Democracia” y “La Prensa”. El gobierno dispuso una serie de detenciones de dirigentes, muchos católicos: Mariano Grondona, Alberto Peralta Ramos, Eduardo Bunge, Marcelo Sánchez Sorondo, Eduardo Rosendo Fraga y Santiago de Estrada, entre otros. Y van a prisión los párrocos como Emilio Ogñenovich y Antonio Trivissano. El 14 de junio la CGT lanzó un paro general de respaldo a Perón y el Poder Ejecutivo dictaba un decreto por la quema de la bandera, y exoneraba a los monseñores, Manuel Tato y Ramón Novoa, y en la mañana del 15 fueron deportados a Roma.

El Partido Comunista llamaba a “luchar unidos por la libertad de los curas democráticos”, y el radicalismo pedía “solidaridad con los católicos perseguidos”. El gobierno entonces anuló la enseñanza religiosa, y privilegios impositivos, aprobó la ley de divorcio y convocó una Asamblea Constituyente para separar la Iglesia y el Estado. Se dio en ese marco, una unidad transitoria entre liberales, masones, católicos, radicales, socialistas y comunistas, de carácter inédito. “La izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”, ironizaba en poeta chileno Nicanor Parra.

El 16 de junio, el general Perón llegó poco antes de las seis de la mañana a la Casa Rosada. Recibió al director de la CIDE (Coordinación de Informaciones del Estado, como se llamaba entonces a la agencia de Inteligencia), quien le informó sobre el movimiento que se avecinaba pero no tenía precisiones en cuanto al tiempo de los hechos.

Enseguida recibió al embajador norteamericano quien alteró cualquier plan que pudiera estar por realizar. Albert Nuffer, le informó que esa mañana, el festival aéreo previsto, iba a convertirse en una masacre porque los aviadores de Marina y Fuerza Aérea, iban a atacar la Casa de Gobierno para asesinarlo y dar un golpe de Estado. El ministro de Guerra, Franklin Lucero, sugirió de inmediato al Presidente que debía salir del edificio. Perón no quiso ir más allá del Ministerio de Guerra desde donde, a las 12.40 horas, escuchó el bombardeo. Los aviones de los golpistas, llevaban en las colas de sus aviones una “V” y una cruz que representaban “Cristo Vence”.

La hora de la masacre

Buenos Aires amaneció el 16 de junio de 1955 con una la Plaza de Mayo que se veía intensamente nublada y fría. Muchos llegaban al acto en homenaje a Perón que consistía en un sobrevuelo de aviones GlosterMeteor de las unidades caza-interceptoras de la Fuerza Aérea Argentina, que se verían sobre la Catedral. Eran las 12.40 cuando un avión Beechcraft sobrevoló la plaza abriendo el paso a otras 34 que echarían sus bombas contra el pueblo a lo largo de seis horas. La masacre se inició con dos bombas de 100 kilos, caídas en la Casa Rosada y el ministerio de Hacienda, sobre la calle Hipólito Yrigoyen. Un trolebús cargado de pasajeros recibió la tercera y murieron todos sus pasajeros.

Ese día, 34 aviones de la Fuerza Aérea y la Marina argentina bombardearon a la población civil que se encontraba en Plaza de Mayo esperando un festival aéreo o pasando por el lugar. Se trataba de un nuevo intento de asesinar al general Juan Domingo Perón en la Casa Rosada. Allí hubo 12 muertos producto de 29 bombas. El resultado fue una masacre de bombas que estallaban sobre el cuerpo de los transeúntes, los edificios, autos, ómnibus y trolebuses que llegaban al lugar en horas del mediodía. Había mujeres que salían de las oficinas, niños en camino a la escuela, empleados o simples transeúntes convertidos en objetivos militares y día de guerra. La revolución llamada libertadora, silenciaría el episodio y el número y el nombre de las víctimas.

La sede de la CGT, en la calle Azopardo e Independencia, el departamento de Policía y la residencia oficial del Presidente, en la calle Austria, en Palermo, fueron atacados. Eran las cuatro de la tarde cuando la Casa Rosada fue atacada nuevamente. El general Perón no quiso irse del lugar de los hechos, y quedó monitoreando la represión del intento de golpe en el ministerio de Guerra. Perón no quiso que la represión fuera más que una defensa de posiciones en procura de no tornar más violento el suceso. Por eso ordenó a la CGT, que preparaba una reacción miliciana, replegarse y pidió que la gente, que iba a Plaza de Mayo en masa, no llegase. “Éste es un enfrentamiento entre soldados y, si caemos, caeremos entre soldados”, se explica que dijo Perón a alguien que debía llevar un mensaje en medio de la balacera.

–Ni un solo obrero debe ir a la Plaza de Mayo –le dijo al oficial. Y refiriéndose a los aviadores navales, agregó: –Estos asesinos no vacilarán en tirar contra ellos. Ésta es una cosa de soldados. Yo no quiero sobrevivir sobre una montaña de cadáveres de trabajadores. El relato es del historiador Pedro Santos Martínez, un historiador antiperonista y está en su libro “La Nueva Argentina”.
Perón trabajaba en el sexto piso del Ministerio de Guerra, en la oficina del general Lucero, encargado de defensa y represión.

El Ministerio de Marina es custodiado por el Regimiento Motorizado Buenos Aires y tropas de la 1º División del Ejército. Los rebeldes no recibieron los refuerzos que les habían prometido y el movimiento perdió fuerza. A las 17.45 la rebelión se acababa. Algunos atrincherados se rindieron y fueron detenidos el contralmirante Aníbal Olivieri, ministro de Marina, el vicealmirante Samuel Toranzo Calderón y el contraalmirante Benjamín Gargiulo, jefe de la infantería de Marina. Gargiulo se suicidó el 17 de junio en su despacho porque era imposible desmentir su responsabilidad en los hechos, y su silencio ante la conspiración.

Eduardo Vuletich, de la CGT, ofreció al gobierno que los obreros actuaran. Perón respondió que esa tarea correspondía a las Fuerzas Armadas, en particular al Ejército. Temía que la realidad se deslizase hacia una guerra civil. No le fue posible evitar que en la represión al Ministerio de Marina, estuvieran al frente obreros armados que acompañaron a los soldados leales. Existía un clima favorable a la intervención de los trabajadores.

La madre de Dardo Cabo

Dardo Cabo tenía 14 años y estaba en clase el 16 de junio de 1955, cuando estalló el infierno en Plaza de Mayo. Su madre, María Campano, trabajaba en el Ministerio de Economía, enfrente de la Casa Rosada y allí escuchó el tronar de los aviones y las bombas. María vio por los ventanales y encontró que cientos de personas corrían o caían heridas bajo los estallidos. Los viejos Leyland ingleses se detenían arrebatados por las bombas y los pasajeros caían sin atenuantes en medio de gritos desgarradores. María escuchó el ulular de las ambulancias y pensó en su hijo, Dardo, y se estremeció. Salió a la calle como si la llevaran los rayos. Desde 1954, Dardo estudiaba en el colegio San José del barrio de Once y sus padres, María y Armando Cabo (uno de los hombres que acompañó a Augusto Timoteo Vandor en la Unión Obrera Metalúrgica), estaban separados-, querían cambiarlo a una escuela pública a raíz de los enfrentamientos de la iglesia con Perón.

María echó a correr para atravesar la plaza. El humo de las bombas, las corridas y los gritos la asustaron. De pronto se sacudió y sintió que sus piernas no la ayudaban a seguir su camino. Las bombas estallaban a su alrededor cuando se vio caer sobre las piedras, entre las baldosas que habían levantado las explosiones, y los cuerpos de los primeros muertos. Cuando quiso levantarse, no lo logró. María no se enteró que no alcanzaría nunca más a tomar la mano de su hijo. Horas después, una persona anónima, que se sumaba al salvataje, encontró tendida a una muchacha dormida bajo el polvo de las bombas y los escombros; los ojos cerrados, las manos abiertas mostrando las palmas, como si tuviera la esperanza de alguien la ayudara a seguir. Nadie sabría jamás quien la llevó a un hospital. Los médicos establecieron que María Campana había sufrido un ataque cerebrovascular Tres días después, Dardo Cabo se enteraba que su madre había muerto bajo las bombas el 16 de junio de 1955. Años después, Blanca Cabo, a quien Dardo siempre llamó “mamá”, contó que “una vez que murió su mamá en los primeros años, lo cuidó su tía Blanca Azucena, a quien Dardo quiso mucho. Ella falleció también y yo me hice cargo; las dos teníamos el mismo nombre”.

El tiempo de la memoria

El Archivo Nacional de la Memoria (ANM), estableció en 2009, que el ataque aéreo a Plaza de Mayo y a la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT), tuvo 308 víctimas que fueron identificadas. Además, hubo un número de muertos que no pudieron ser identificados, masacrados y con huellas perdidas por la carbonización de las deflagraciones. Algunos historiadores estimaron más de 360 muertos, y unos 800 heridos. “El resto de las bombas, proyectiles y fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga que los infantes de Marina estrenaron ese día, se encarnizaron con la población”, informaría el Archivo Nacional de la Memoria. El intento acabó cuando los criminales no lograron sus objetivos, y los jefes escaparon a Montevideo en sus aviones porque habían logrado el apoyo del gobierno uruguayo. No hubo detenidos ni causas judiciales que llevaran a los responsables a juicio, algo habitual en la justicia del país.

El periodista norteamericano Martin Andersen citó un informe de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, enviado a Washington tres semanas después de los hechos: “Este tipo de hecho es enteramente ajeno a la historia de la Argentina moderna (…). El bombardeo del 16 de junio de 1955 explotó con una fuerza cataclísmica, por tanto, sobre una población civil condicionada por un siglo de paz y que tenía la confirmada creencia de que semejantes cosas no ocurrían en la Argentina. Se detecta en la gente no sólo el sentimiento de escándalo, sino de vergüenza de que semejante matanza de civiles inocentes pudiera haber ocurrido en el corazón de Buenos Aires”.

En su libro “Del poder al exilio”, Perón reveló que “El único objetivo de los rebeldes era mi persona. Querían terminar conmigo y para eliminar a un hombre no vacilaron en matar a tantos… Durante los diez años que estuve en el gobierno, hubiese bastado un sólo hombre decidido para hacerme morir. Hablaba en público, participaba en ceremonias. Cada mañana salía de mi casa sin escolta guiando yo mismo mi automóvil hacia la Casa Rosada. Muchas veces mi coche marchaba apareado con otros, me saludaban y yo respondía el saludo. ¿Qué les impedía dispararme a quemarropa o arrojarme una bomba, entonces? Por esa falta de coraje, el 16 de junio eligieron para asesinarme el medio más seguro: el aéreo que, de fallar el golpe, les permitía llegar a salvo al Uruguay.”

Jorge Coscia, en su novela “El bombardeo”, hizo una reconstrucción literaria sorprendente por la capacidad de unir la creación literaria en términos históricos. Describió los hechos en una trama argumental que reconoce a protagonistas de los hechos, y generó una respuesta contundente desde el arte. La importancia de ese aporte, tiene varios aspectos uno de los cuales es exponer un hecho histórico político negado hasta hace algunos años, y que representó uno de los primeros ataques de guerra a un pueblo desguarnecido, desde el mismo Estado, en un acto de desconocimiento de las autoridades que fijaba la Constitución Nacional. 
Colón, el peronista

Cuando en 2015 se decidió retirar el monumento a Cristóbal Colón ubicado en la plaza contigua a la Casa Rosada en Buenos Aires, el encargado de la tarea, el subsecretario de Obras Públicas de la Nación, el ingeniero Abel Fatala, invitó a varias personas a observar en su totalidad el monumento.

La escalera permitía verlo por detrás y allí, los visitantes comprobaron que el mármol en que fue construido en Italia, tenía innumerables huellas de impactos de bombas que recibió durante el ataque del 16 de junio.

Un periodista que pudo ver los impactos habló con Fatala al descender. “Abel, descubrimos algo impensado, Colón era peronista. De otro modo, ¿cómo se explica que se hayan ensañado con él de ese modo”, bromeó.

Los tiempos difíciles habían pasado. Falta aún reconocer desde el Estado la gravedad del episodio, y la necesidad de reivindicar a las víctimas como también caracterizar definitivamente a la masacre en el contexto histórico institucional del país.

Por: Alejandro C. Tarruella *Periodista, escritor, autor de “Guardia de Hierro. De Perón a Bergoglio”, “Rescoldo” (poesía). Es inminente la aparición de su nuevo libro “Historia Política de la Sociedad Rural” (Ediciones Octubre.)

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