Nunca Más…. La memoria, por Jorge Vasalo

Mystica BRK FM 92,5 presenta Nunca Más, el micro que va a cambiar la visión de muchos oyentes y lectores que no conocen la parte mas oscura de la historia Argentina.

Elegimos a Jorge Vasalo para la conducción de este micro, por ser uno de los periodistas que más conoce sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos por las juntas militares que gobernaron nuestro país desde 1976 a 1983, el Brinkmanense periodista de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba es reconocido por haber participado en la cobertura de los Juicios a las Juntas Militares en la ciudad de Córdoba.

HOY: El “Palo” Ortiz, una historia de terror

En Argentina el terrorismo dejo por lo menos 30.000 desaparecidos, miles de sobrevivientes con secuelas de toda clase y miles de exiliados.

La gran mayoría de los secuestrados eran estudiantes y trabajadores mayormente , y son contados con los dedos de una mano los casos en los que victimas pudieron escapar de los grupos de tareas. No había forma de escapar

Pero Carlos Arturo Ortiz , también conocido como Palo , logro lo que era imposible, Una noche lo llevaron en el baúl de un auto para fusilarlo en las Sierras y Palo Ortiz pudo escapar milagrosamente. Una verdadera historia de terror

Entrevista de Jorge Vasalo a Carlos Arturo el “Palo” Ortiz

En 1975, Carlos “Palo” Ortiz, por entonces un joven combatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), fue secuestrado y trasladado a un centro clandestino de detención. Durante tres días fue torturado e interrogado. Pudo fugarse saltando de un auto en movimiento cuando era trasladado a una muerte segura. Esta es la historia de un hombre que conoció las entrañas del terror y pudo escapar.

El taller de Palo queda en una calle silenciosa de casas viejas. Su frente pasa inadvertido entre tanta pared descascarada. Un cartel mezquino –letras blancas sobre fondo rojo– ofrece la información escasa: chapa y pintura.

En el galpón con techo de zinc –veinte metros de fondo, siete de ancho– reina el desorden: hay herramientas, repuestos engrasados, trastos herrumbrados, pintura, una radio, una pava, un mate, vasos. En un rincón, un baño y una habitación prefabricada con tabiques de madera donde apenas cabe una cucheta. Es un lugar de fronteras difusas donde se trabaja y se vive en idénticas proporciones.

–Siempre que en casa hay bronca me escapo y vengo acá.

Dice Carlos “Palo” Ortiz, entre pícaro y avergonzado. Morocho sesentón, de estatura mediana y cuerpo fornido, usa desde hace unos días la misma ropa de trabajo: un jean engrasado y una remera gris arruinada. Está en uno de esos tantos días de fuga, cuando las desventuras conyugales lo urgen y decide evadirse –escapar– quedándose unos días en el taller de barrio Alberdi, en Córdoba Capital.

–Hace unas semanas hice poner el cartel de enfrente para ver si así llega más trabajo.

Se esperanza Palo. Cuando la pava comienza a chiflar deja de trabajar y propone mates. Elige un ladrillo de bloque para sentarse y se acomoda mirando a la calle.

–Nunca le doy la espalda a la puerta, ni cuando voy a un bar.

Explica justificando esa maña que se remonta a los años setenta, cuando tenía veinticinco y debía andar precavido.

Salvo eso, no hay en sus gestos nada que evidencie lo que fue en otros tiempos: un combatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el brazo armado del Partido Revolucionario del Pueblo (PRT), la organización guevarista más importante de Argentina en la década del 70. Ha sabido protegerse y por eso está vivo.

Hace 36 años, Carlos Ortiz se escapó de una patrulla del Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba (D2) cuando lo trasladaban -atado y encapuchado– adentro del baúl de un auto. Llevaba pocos días secuestrado y sabía que el nuevo traslado sólo podía significar una cosa.

–Me llevaban al fusiladero. Tenía que rajarme.

Aquella noche la estampida de balas que disparaba la patrulla no pudo detener a Palo que, corriendo, se perdió en un campo oscuro junto a la ruta después de burlar a sus captores.

Llovía.

*****

En Córdoba, interior de la Argentina, durante los años previos al golpe militar de 1976, el D2 formaba parte de una estructura represiva y clandestina que se llamó Comando Libertadores de América y estuvo dirigida por el Batallón 141 de Inteligencia del Ejército.

El 15 de marzo de 1975 Palo fue secuestrado por personal policial y trasladado a la sede del D2. Aun hoy no sabe cuántos días estuvo detenido.

Aquel sábado a las dos de la tarde, Palo se encontró con Pacho Figueroa, un compañero de militancia, en una esquina de barrio Alberdi. Tenían una reunión con gente del frente gremial en una casa de la calle Vucetich, de barrio Ituzaingó, elegida por el gordo Pipo, otro militante. La mejor manera de llegar era en el Fiat 600 de Pacho.

Palo viajó callado. Hacía algunas semanas se había opuesto a la incorporación de Pipo Romero al frente gremial de PRT. Decía que era un gordo fanfarrón que hacía alarde de su militancia y exponía a los compañeros de la fábrica. Su negativa no sirvió de nada. El “Pelado” Gorriarán Merlo, uno de los máximos jefes nacionales del ERP, decidió que Pipo se quedaba y que ya aprendería a cuidarse.

En el viaje Palo cavilaba una sospecha y se tragaba la bronca.

–¿Pasa algo viejo?–, preguntó Figueroa.

El “no pasa nada” de Palo se perdió entre el ruido del motor.

Militaban en la zona este de la ciudad. Palo era maestro en una escuela y también hacía trabajo gremial. Pero su fuerte eran los fierros, las armas. Era un cuadro militar con rango de teniente y su alias era “Domingo”.

Dejaron el auto a dos cuadras y caminaron hasta una casa modesta a la que se accedía entrando por un pasillo. Tras la puerta de chapa los esperaba una trampa.

*****

A cinco cuadras del taller vive Felisa, la madre de Palo.

Su casa es vieja, de muros gruesos. No hay timbre. Dos perros pequeños ladran hasta que alguien abre la puerta. Adentro, subiendo dos escalones, se ingresa a un espacio pequeño con un sillón destartalado y más allá el comedor –una bóveda inmensa donde la luz siempre es ocre. En la galería espera Felisa. Tiene el cuerpo descarnado, la cara aindiada y las manos viejas, como de papel.

–Oiga doña, ¿Usted cuántos años tiene?

–Yo… ¿Cuántos tengo?… eeh, por ahí se me sube….Enseguida le voy a decir. Esperesé.

La memoria de Felisa es un laberinto artero por donde los recuerdos se mueven a tientas, desorientados. Cuando un rayo de lucidez la invade consigue unir nombres con rostros o revivir el tiempo en que, bajo su aparente rol de madre dedicada, disimulaba su militancia clandestina en el ERP.

–Tengo casi cien. Sí. De Belén. Estamos vivos –dice–. Estamos vivos.

Felisa Barrionuevo nació hace noventa años en Belén, provincia de Catamarca. Es hija de una pareja de diaguitas que bajó de los cerros al valle de Famayfil para criar a sus seis hijos bajo la mirada protectora de una virgen que los lugareños construyeron sobre una loma. En ese poblado devoto todo se llama como la tierra santa. Al sur de la ciudad corre el río Belén; del otro lado, sobre el cerro, se eleva una estatua de Nuestra Señora de Belén, patrona de los pobres.

–¿Qué se acuerda de Belén?

–Hacíamos la lana, los tejidos y los vendíamos. Lindo Belén. Yo después me casé y tuve a los chicos, que ya no son tan chicos. Después quedé viuda y tuve que andar mucho tiempo escapando. Tuve seis yo. Una está por venir. Se fue a comprar.

Felisa tenía 25 cuando conoció a Arturo Ortiz, el padre de sus seis hijos: Carlos “Palo” Arturo, Ana María, Julio César, Felisa, María y Alina. Con esa prole llegaron a Córdoba en 1963, para instalarse en la ciudad de Bell Ville. Arturo, empleado de la empresa Agua y Energía, soñaba con un futuro seguro en una provincia próspera y universitaria. Nada tenía en común la tierra árida y estéril de Belén con esta ciudad de gringos, que empezaba a movilizarse. Ahí Palo comenzó a dar los primeros pasos en la militancia haciendo una revista que se llamaba El Quijote con sus compañeros de secundario: “Denunciábamos los problemas sociales del país y apoyábamos a los gremios combativos de Córdoba. La imprimíamos en las noches, clandestinamente. Usábamos la imprenta que tenía la CGT de Bell Ville. Las llaves nos las prestaba un tipo del gremio de la madera”.

Los tres hijos más grandes ya estudiaban en Córdoba cuando su padre murió. Con la viudez, Felisa cambió la virgen por la política.

–Mi marido no entró al partido ese que entré yo. No estaba todavía.

–¿Qué partido?

–El de nosotros. El Ejército Revolucionario del Pueblo.

–¿Usted cuándo se acercó ahí?

–Después de que murió. Habré tenido sesenta. Por los chicos habrá sido. Pero no pasaba nada. No hacíamos nada y nunca estuvimos presos.

Se cuida Felisa. En aquellos años su casa era el refugio donde se escondían los compañeros de la organización armada, pero ahora cada vez que llega a esos recuerdos de clandestinidad intenta evadirse y salir del paso.

Para adornar el comedor de la casa donde vive junto a su hija y algunos nietos, elige dos fotos: Arturo en Belén sonriéndole a un futuro en familia, y esa imagen del “Che” con la mirada perpetua clavada allá, en el horizonte impetuoso de la revolución.

–¿Y este perrito como se llama?

–¿Éste? –duda Felisa– Che, Ali, ¿cómo se llamaba este perro?

*****

Son las ocho de la noche. La puerta está abierta y del galpón asoma una luz amarillenta. Anochece y Palo aún trabaja, engrasado hasta las orejas.

–Gracias al letrero y a la gente que no sabe estacionar tengo trabajo.

Adentro del taller, todo tiene el color del hollín. Lo único que desentona es una heladera exótica, algo ridícula, cuadriculada como un tablero de ajedrez. Palo la puso a funcionar en el medio del galpón. Justo entre un Volkswagen arruinado y la mesa donde trabaja.

–¿Viste qué bonita? Me la regalaron la semana pasada. Decían que no servía y la arreglé. Si la mirás fijo te marea.

La imagen es tragicómica. Un tipo en edad de jubilarse que trabaja diez horas por día y acumula, al final de su vida, un auto viejo que no funciona, algunas ropas modestas, varios libros, una dentadura improbabley una heladera regalada. No tiene tarjeta de crédito ni casa propia. Se ha ausentado unos días del departamento de su novia y su relación sigue tensa. Sin embargo, no pierde el sentido del humor. Juega al fútbol dos veces por semana y se junta con amigos. Ayuda a sus cinco hijos en lo que puede y hace trabajos extras para llegar a fin de mes. Aunque fue maestro, nunca más volvió a enseñar. El oficio de chapista, dice, lo aprendió sobreviviendo en la clandestinidad en el Conurbano Bonaerense. Para escapar del tedio, de a ratos, mira un aparato gélido que le cuadricula la cordura.

Viéndolo así, sumido en su tarea, se hace difícil creer que participó de 29 acciones militares entre 1974 y 1975, y que una de ellas fue el copamiento de la Fábrica Militar de Villa María.

*****

En la noche del sábado 10 de agosto de 1974 la Compañía Decididos de Córdoba, del ERP, integrada por sesenta hombres organizados en ocho comandos, ingresó a la fábrica de explosivos de Villa María, una de las ciudades más importantes del interior de Córdoba. Entre ellos –vestido de verde oliva, pañuelo colorado y alpargatas– iba Palo, junto a un compañero que conoció horas antes. Los dos tenían la misión de reducir a unos cuarenta soldados que dormían en un galpón mientras un pelotón ingresaba al Casino de Oficiales y el resto copaba las salas de armas.

En los enfrentamientos murieron tres miembros del ERP y dos resultaron heridos. Además de armas y bagajes, se llevaron al mayor Argentino del Valle Larrabure como rehén.

El mismo año tres combatientes del ERP planificaron el rescate de un militante detenido por la Policía, que se encontraba herido e internado en el hospital San Roque de la ciudad de Córdoba. El sargento del D2, Calixto “Chato” Flores, fue testigo del hecho.

–El 11 de marzo de 1974 fui consignado al hospital San Roque, donde estaba detenido René Moukarzel. Tres tipos entraron, me amordazaron, me golpearon y se llevaron al prisionero. Quedé atado a la cama con las esposas que antes tenía el preso. Cuando se iban me robaron el arma.

En pocos minutos, camuflados con guardapolvos y sin disparar una sola bala, Palo Ortiz y otros dos compañeros sacaron a Moukarzel (que apenas podía caminar) por la puerta principal.

Dos semanas antes, a fines de febrero del 74 el jefe de la Policía de Córdoba, Antonio Navarro, se acuarteló en la casa de gobierno y depuso al gobernador Obregón Cano. Con la ilegalización de los sindicatos y el incremento de la represión de las patotas sindicales, algunos sectores de la izquierda comenzaron a extender la lucha clandestina.

1974 en Córdoba comenzaba a ser ese año tan cruel.

*****

El primer disparo fue una travesura. Palo tenía 12 años y con un amigo caminó dos horas hasta un campo alejado de Belén para probar la carabina 22 que le habían robado a su padre.

Ya no era un juego cuando volvió a disparar. Sabía que sus balas podían matar. Se había encuadrado en una organización revolucionaria y había hecho un juramento: “a vencer o morir”.

El debut para los integrantes del ERP era el asalto a camiones que transportaban alimentos que luego se repartían en las villas. Pero también debían saber diseñar un operativo, hacer la inteligencia, planear la salida, armar bombas para amedrentar al personal militar.

–Cuando lo conocí en el 73, Palo llevaba pocos meses en la organización pero era mi responsable militar – dice Mirmi Chabrol, uno de sus compañeros más cercanos–. En el PRT había varios niveles de compromiso. Si eras simpatizante había un compañero con más formación que te acompañaba. Después podías ser aspirante y luego militante. Pero si estabas de acuerdo con la lucha armada, podías ser un combatiente.

El ERP organizó su estructura de manera idéntica a la de un ejército regular, respetando los mismos grados militares: combatiente, sargento, teniente, capitán y comandante. Las escuadras debían tener hasta quince combatientes dirigidos por un sargento; el pelotón, de quince a treinta, conducido por un teniente; la compañía, de treinta a noventa, bajo el mando de un capitán, y finalmente el batallón, con cerca de doscientos hombres bajo las ordenes de un comándate. Pero también, cada una de estas unidades tenía, como en el Ejército Rojo creado por León Trotski, un responsable político que era miembro del PRT.

Palo llegó al grado de teniente.

En los primeros meses de 1974 Palo recibió en Buenos Aires instrucción teórica militar en una escuela del partido. Un entrenamiento intensivo que se hacían en quintas alquiladas temporariamente para despistar a la policía. Aunque la situación política de Córdoba era inédita (el golpe al gobernador había acabado con la democracia antes que en el resto del país) la violencia era la misma.

El D2 realizaba tareas de espionaje, detenía y mantenía personas en cautiverio, interrogaba bajo tortura, cometía y encubría asesinatos para sembrar el terror entre la población.

–Vivíamos en la calle Rioja al 970 –dice Alina, la hija menor de Felisa–. Ahí la Policía entraba pateando la puerta y nos sacaba a todas de los pelos. En la vereda había una guardia permanente de la seccional tercera y en ese año nos llevaron a todas unas seis veces al D2. Una vez entraron a los tiros. No sé si era un castigo, o qué… cada vez que buscaban a mis hermanos nos llevaban a nosotras. Al final nos cansamos y cerca de fin de año nos mudamos a Tucumán.

Alina habla con voz pausada y tonada multiprovinciana. Catamarca, Córdoba, Tucumán y más adelante Buenos Aires. Todo el trajín de la clandestinidad sobrevive en su lenguaje.

–A mi mamá la trataron mal –recuerda–. A nosotras, que éramos adolescentes, nos soltaban rápido, pero a ella hasta la mandaron un mes a la cárcel.

Palo sabía que en el edificio del D2 los interrogatorios se hacían a las piñas. Pero no conoció la ferocidad de la patota hasta que cayó y fue llevado a ese lugar ubicado en el pasaje Cuzco 66 (actual pasaje Santa Catalina) en pleno centro de la ciudad de Córdoba. Hasta allí lo llevaron junto a Pacho Figueroa los cuatro policías que los emboscaron en la casa de la calle Vucetich, aquel 15 de marzo de 1975.

*****

Desde el pasillo, la casa de Pipo Romero se veía silenciosa.

–Capaz que somos los primeros­– murmuró Pacho y golpeó la puerta.

Desde adentro alguien abrió y les apuntó.

–Entrá y no te hagas el loco­.

Un tipo con voz de autoridad y una 45 en la mano los empujó hacia dentro. En la casa había tres más, todos armados. Pacho quedó petrificado. Uno les ató las manos y los tiró al piso. Durante 20 minutos esperaron a alguien que no vino y después los subieron al asiento trasero de un Falcon. Viajaron con la cabeza entre las rodillas sintiendo cada uno el temblor de las piernas del otro hasta llegar al D2 donde los sentaron en un patio junto a otros detenidos.

Esa primera tarde Palo la pasó tranquilo.

A la mañana siguiente vinieron a buscarlo. Lo llevaron hasta un cuarto pequeño en el primer piso, subiendo por unos escalones de madera que crujían con las pisadas. Arriba, encandilado por un reflector, estaba el gordo Pipo Romero.

Los sentaron frente a frente y comenzó el careo. Uno acusaba. El otro desmentía. Palo fingió serenidad. El gordo largó todo. Una trompada que lo tiró de la silla puso fin al interrogatorio. El gordo Pipo también ligó.

–Desde ese momento yo no volví más a la alcaldía. Me dejaron ahí nomás, en un calabozo. Después vinieron a verme dos tipos de traje que no eran policías.

–¿Abogados?

–No. Uno era el capitán (Héctor) Vergés (Jefe del Batallón de Inteligencia 141). Era un hombre de pelo castaño y ojos redondos. Más o menos alto. Me acusaba de un atentado a un carro de la guardia de infantería donde habían fallecido dos tipos.

A partir de ahí los recuerdos se vuelven confusos. Sin horarios y sin lógica, se suceden los golpes, los interrogatorios y los calabozos. El domingo 16 de marzo, un día después de su captura, lo anotaron en el Libro de Guardia como detenido por infracción a la ley 20840, una norma que castigaba la actividad subversiva con penas de dos a seis años. En el Libro de Guardia consta que ese día en el D2 había 48 detenidos legales y entre ellos seis menores de edad. También había un número no determinado de secuestrados desaparecidos.

Palo pasó su segunda noche en un calabozo. A las 03:15 de la madrugada comenzó a llover en Córdoba. Fue una lluvia torrencial que se prolongó hasta las ocho de la mañana del lunes 17. Los diarios de esa fecha, dicen que en cien años, no se registró en Córdoba una lluvia semejante.

A las cinco de la tarde le dieron la libertad. El Libro de Guardias dice: “Por orden del superior de turno del D2 de informaciones queda en libertad el detenido Carlos Arturo Ortiz, fue retirado por el agente c/e Damonte, sin novedades”. Pero no lo soltaron. Juan Carlos “Coco” Damonte, el que lo había apuntado con la 45 en la casa de Pipo, ordenó meterlo en el baúl de una Renoleta. Al auto subieron dos policías más y salieron rumbo al norte. Por atrás los seguía un Ford Falcon.

Viajaron un buen rato antes de pararse en una casa en el campo, fuera de la ciudad. Todavía no hay certezas sobre la ubicación exacta del lugar. Palo recuerda árboles grandes y yuyos altos que se veían desde la ventana de una de las dos habitaciones. También una cocina y un comedor. En esa casa pequeña, donde nada podía llamar la atención, cinco policías –Graciela “Cuca” Antón, Raúl “Sérpico” Buseta, “Coco” Damonte, “Chato” Flores y Herminio “Boxer” Antón– lo torturaron hasta el amanecer del martes 18.

Los diarios de ese día no hablan de PaloHenry Kissinger fracasa con su intento de acercar a Israel y Egipto. Un avión Fokker cae en Bariloche y mueren 55 personas. Dos extremistas son abatidos por la Policía en Buenos Aires. Por la Copa Libertadores de América, Newells vence en Asunción a Cerro Porteño.

Pero Palo no podía saberlo. No tenía cómo. Sólo veía la lluvia.

–Me quiero persignar –les dijo– ¿Puedo persignarme por favor?

A su lado, uno escribía a máquina en hojas que tenían el membrete del ERP. El Chato Flores le ataba las manos con una “tupa”, un nudo hecho de cuerdas que también usaban algunas organizaciones armadas.

–Este quiere rezar, está loco. Ni eso te va a salvar, gil­.

Le contestó la Cuca. Todos reían. Palo no.

–Te vamos a llevar de vuelta–, dijo uno.

En la casa, un hombre de civil que no parecía policía llamó la atención de Palo.

­–Antes de que me sacaran ese tipo me robó la camisa y se midió mis mocasines. Como no le entraron, me los dejó. Se estaba probando la ropa del muerto.

*****

En el Registro de Extremistas del D2 hay una foto de Palo tomada el 17 de marzo de 1975.

En la imagen se lo ve perturbado. La camisa con rayas finas tiene dos botones desprendidos. Los hombros caídos. Los rulos revueltos. El mentón levemente alzado, altivo, desdeñoso. La mirada, así. Tan indómita. Tan rebelde.

Tenía veinticinco años y el cuerpo molido a golpes la noche del 18 de marzo cuando lo subieron, maniatado, al baúl de un Falcon. Iban a matarlo pero él estaba decidido: tenía que escapar, como sea.

El auto se puso en marcha y salió a la ruta. Llevaba las manos atadas por una cuerda, la cabeza encapuchada y pegada al piso del baúl. El cuerpo entumecido enrollado en una caja que se movía. Así viajó durante los primeros minutos. Sin saber dónde empezaba su cuerpo y dónde el auto. El golpeteo de la lluvia en la chapa se amplificaba en sus oídos.

¿Fueron 20, 30, 40 minutos? No lo sabe, pero en un momento empezó a forcejear la “tupa”. Sabía atarlas y sabía desatarlas. Las había usado en Villa María. “Ya está –se dijo– me desaté”. Hurgó la cerradura del baúl, y lo abrió. “Me tiro al camino y corro para el campo” pensó. “¿Y si hay un alambrado? ¿Y si me cagan a tiros ahí…?” dudó. Desde el baúl vio atrás la Renoleta haciendo señas de luces. “Ya está. Cagué fuego”.

El auto se paró.

–Che, llevan el baúl abierto–, gritó uno desde la Renoleta.

Alguien bajó y lo cerró nuevamente. Siguieron viaje. Las ruedas traían sonidos de barro salpicado. Palo seguía pensado en escapar.

Unos minutos más y pararon. El terreno a la vera del camino era ideal para tirar un cadáver. Un alto de la ruta 14, al sur de Carlos Paz, en el valle de Punilla. En esas cumbres vacías las balas se vuelven mudas. Palo conocía esas bondades del terreno. Había elegido ese lugar para hacer prácticas de tiro. Pero aquella noche no sabía dónde estaba. No tenía cómo.

Los autos pararon uno a cada lado del camino. Los del Falcon se bajaron y fueron hasta la Renoleta. Dos volvieron.

Lo que sigue pasó en pocos segundos y sigue pasando como una secuencia infinita en su memoria: Alguien abre el baúl y lo saca. El preso está desatado, tira dos brazadas desesperadas, agónicas. Por un momento deja a sus captores fuera de combate.

Da un paso. Se saca la capucha. Dos. Un dolor en las piernas lo hace trastabillar. Tres. Los mocasines se pegan al barro y sigue descalzo. Cuatro. “Se va el culiado”, grita alguien y abren fuego. Cinco. Ha salido del campo lumínico del auto y se tira por la montaña. Por unos segundos se refugia tras una piedra. Sigue. La estampida de balas se adueña de la noche. Tiran a cualquier rumbo. Ya lo perdieron de vista. Palo corre sin fuerzas por la huella del agua que baja por la montaña. No deja rastros. Nadie baja a buscarlo.

*****

–¿Qué hiciste esa noche?

–Caminé. Eso hice. Caminé toda la noche sin salir del arroyito que formaba la lluvia. Estaba tan débil y me dolían tanto las piernas que al día siguiente me hice un bastón con una rama. Llevaba días sin comer. Lo único que me calmaba los dolores era la llovizna fresquita.

Descalzo, sin camisa y con la “tupa” atada en una de las manos iba a ser difícil pedir ayuda. Todavía no sabía dónde estaba ni si lo seguían. Decidió caminar de noche y esconderse de día. La segunda mañana lo encontró un obrero que pasaba en un tractor.

–Resultó ser un trabajador de la mina de cuarzo que estaba junto al río San Antonio, pasando Cuesta Blanca. Ahí me ubiqué. Nosotros pasábamos esa mina para ir a tirar a las sierras. El tipo era desconfiado, pero me llevó con el ingeniero. Le dije que me habían robado. No hizo muchas preguntas. Me dio una camisa, mate cocido y ofreció llevarme a Córdoba.

“Visite las ruinas de la mina Águila Blanca”, dice el cartel que ahora señaliza la entrada. Ocho kilómetros separan el lugar de Cuesta Blanca, el próximo pueblo que está por la ruta 14, rumbo a Córdoba. Ahí se bajó Palo esa mañana. Le dijo al chofer que conocía a alguien que podía ayudarlo y caminó unas diez cuadras hasta una casa que el PRT alquilaba, justo cruzando el río, al lado de donde ahora está el destacamento policial.

–Se sorprendieron cuando me vieron llegar. Ni sabían que yo había caído. En la casa estaban el pelado Gorriarán y sus hijas. También unas compañeras del partido. Me curaron durante un par de semanas y me mandaron a Rosario, donde seguí militando un tiempo más. De la casa esa me gusta acordarme. Cuando ya estaba mejor, como a la semana de estar ahí, salí a caminar con una compañera y me acuerdo que robamos unas uvas de una casa vecina. Las llevé para compartir. Por un rato me cagué de risa.

*****

La ruta 14 está asfaltada. Han pasado 37 años y es posible que el camino ya no sea el mismo. Lo que se ve tampoco es igual. Las montañas siempre estuvieron ahí, pero el monte ahora es madera muerta. Una alfombra interminable de ramas carbonizadas sobre un piso amarillento.

Palo mira hacia abajo desde una cima en la ruta. Ha recorrido tres o cuatro veces el tramo que va desde la entrada de la Mina Águilas Blancas hasta un cruce en la ruta. Ocho kilómetros de lugares “posibles”.

Está angustiado. Ahogado por la impotencia.

Dice esas palabras penúltimas: “No. Acá tampoco es. Todo está muy cambiado, pero era un lugar así, como este.”

No puede ocultar la desesperación. Quiere mostrarme dónde fue.

Es la tercera vez que viene y esconde la terca ilusión de encontrar todo como aquella noche. La calle de tierra, la piedra, el monte espeso, el barro…Pero no. Todo eso también se fugó.

“Que boludo. Yo pensaba venir y encontrar hasta mis zapatos pegados en el barro. Por ahí todavía me andan. Con la falta que me hacen…”. Escupe y sube al auto.

De regreso hace silencio.

El 17 de marzo de 1975 Palo Ortiz fue fotografiado en el D2. Esta imagen integra el Archivo Fotográfico de la Policía un libro denominado “Registro de extremistas” que fue recuperado por el Archivo Provincial de la Memoria. El Libro Contiene 136.000 negativos de personas fotografiadas entre fines de los 60 y principios de los 90. (foto Andrés Acha y Archivo)

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