Otro 16 de junio

Por Carlos Girotti (*) EL PAÍS

* Secretario de Comunicación de la CTA de los Trabajadores.

El niño rememorará, una y otra vez, aquel ruido de los aviones

Una sucesión de vidas, vividas durante toda la vida, también es o puede ser una oportunidad cuando, desde la vida que estás viviendo, en éste u otro día, tu vida anterior se te aparece como necesidad de ponerla en presente. Volver a presentarla. Representarla. ¿Personajes?

No, no sé si personajes o ánimas que, de la mano de la actuación se convirtieran en seres de carne y hueso. Tal vez, por el hecho de verlos desde aquí, desde este presente, aquellos otros presentes tengan algo de irreal y entonces, al traerlos, abandonan la ficción a la que los condenara el pasado y cobran una pátina no ficcional que, de otro modo, sería impensable.  De hecho, las leyendas, los mitos, lo fantástico, nunca son pensables en sí mismos, por sí; vienen de una construcción que los antecede, que los perfila, que los define de a poco en sus trazos más gruesos y en los más delicados. Pero hay un paso del tiempo para que ello ocurra y ahí es cuando se hacen reales. Los presentes de aquellos tantos otros pasados fueron reales.

Me reflejo en ese niño, por ejemplo, que a hurtadillas escapa del cuarto donde yace enferma su madre, del único cuarto que comparte con ella, con su hermana y con su padre en el conventillo que lo viera nacer. Tiene, en este día, poco más de cinco años. Llueve, o cree que llueve porque así lo recordará muchos años después. Sale a uno de los dos patios del conventillo y mira hacia el cielo. Luego, con sigilo, se dirige hacia el zaguán. Todavía no ha llegado a trasponer la puerta cancel cuando un ruido atronador, que estalla sobre su cabeza y luego se aleja con toda rapidez, lo paraliza al inicio del pasillo. Alcanza a ver a su padre que está en la vereda y que no repara en él porque está mirando hacia el cielo, hacia el lugar o en la dirección en que él sintió que el ruido se alejaba. El niño no tiene idea de la fecha en que vive.

Pero es el 16 de junio de 1955 y los aviones Gloster Meteor que pasan a baja altura, con el estrépito característico que hacen los cazas a reacción, vuelan hacia la Plaza de Mayo. Nunca sabrá si esos aviones eran los que  bombardearían la zona de la Casa Rosada o si eran los que volaban para atacar a los aviones golpistas.

El niño rememorará, una y otra vez, aquel ruido de los aviones; incluso, cuando al año siguiente de esos sucesos se mude con toda su familia a la vera del Camino de Cintura, al barrio construido por el Sindicato de Prensa con el Plan Eva Perón, el sonido de los Gloster se le hará familiar por la vecindad con la 7ma. Brigada Aérea localizada en Morón.

Sin embargo, el niño nada sabe del objetivo militar de los aviones en ese día. Es más: nunca pudo registrar en su memoria lo que habrá sido el otro sonido, el de las explosiones de las bombas lanzadas contra la gente indefensa que transitaba, a esa hora, por la Plaza de Mayo y sus inmediaciones.

Y eso que del conventillo hasta la Plaza no hay más de quince cuadras en línea recta, pero su memoria habrá de ser selectiva (para no desmentir aquello de que uno siempre elige lo que quiere recordar) y sólo retiene, para los años venideros, aquella imagen de su padre en la vereda, recortada por el vano de la puerta de entrada al conventillo, el grito de su madre intimándole a volver al cuarto y, por fin, el gesto adusto de su padre que, cuando lo descubre paradito en el zaguán, flaquito, expectante, curioso y ajeno a todo y cualquier peligro, lo manda para adentro con un gesto enérgico de su brazo, justo cuando vuelven a sobrevolar los techos de Monserrat y San Telmo dos Gloster más que, esta vez, tampoco puede ver.

Se nota que, a modo de respuesta, él ensaya una morisqueta, tal vez un puchero, algo que hace que su padre no insista con la orden silenciosa pero inequívoca de que se mande a mudar para adentro y entonces, patitas flacas, rodillitas peladas, seguro que enfundado en una tricota tejida por Angelita, su tía postiza que vive en otro de los cuartos del conventillo, avanza lentamente hacia la puerta de calle. Primero asoma la nariz sin dejar de mirarlo a su padre. Como ve que éste no lo reprende se anima y pone un pie en la vereda. Esta vez sólo atina a dar una rápida ojeada hacia las vías del tranvía que, a esa altura de la calle que va hacia la Plaza Constitución, pasa casi pegado al cordón del lado de su casa y es el motivo por el cual nunca lo dejan salir solo a andar con su triciclo a la vereda. Entonces retiene otra imagen.

 Por la esquina que cruza su calle con Independencia, cuando ésta todavía era angosta, pasan dos camiones jaula, de esos que llevan vacas al matadero, repletos de soldados. Van en la misma dirección que los aviones y, con los años, sabrá que se dirigían a Plaza de Mayo. ¿Leales al General Perón? ¿Golpistas gorilas? Incontables veces ha de hacerse estas preguntas que, desde luego, permanecerán sin respuestas. Busca, escudriña, bucea en su memoria y nunca aparece el retumbar de las bombas ni el tableteo de las ametralladoras pesadas.

Como queriendo escuchar aquel estrépito tan familiar y tan esquivo al recuerdo, de grande recorrerá con la mirada las marcas ominosas de los disparos y las esquirlas sobre los mármoles de los edificios de la Recova del Bajo. Sólo muchos años después verá las fotos en blanco y negro. Los cadáveres aún sin cubrir, retorcidos por efecto de la onda expansiva de las bombas, mutilados por la metralla, los colectivos, autos y tranvías despanzurrados, los pedazos de mampostería y guijarros y cascotes de todos los tamaños regados por el piso. A las perdidas sabrá que allí fueron masacradas más de trescientas personas, mujeres, hombres y niños asesinados por los golpistas.

 Pero, ahora, su padre le pone una mano en la nuca; con cuidado, con cariño, lo lleva hacia adentro y la memoria de aquel día lo conducirá, de modo inexorable, a otras memorias.

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