Yabrán está vivo?: la leyenda urbana de su suicidio y el mito que muchos eligieron creer

Entre la orden de detención y su muerte pasaron cinco días. En el medio, estuvo prófugo. Gran parte de la sociedad no creía lo que pasó. Conversación exclusiva con Hernán Brienza, uno de los tres periodistas que vio su cuerpo, sobre el final del hombre que supo construir un imperio.

Mariano Parada Lopez

«¿Vos querés saber la verdad?«. Cinco palabras fueron la introducción para lo que terminaría siendo, con el paso de los días, una sentencia de muerte. «Yabrán está detrás de todo esto y mataron al periodista Cabezas porque Yabrán se molestaba por fotos y persecuciones que le hacía». Esto, según reportó Página 12 en las crónicas del momento, es lo que Silvia Belawsky declaró en sede judicial que le dijo su expareja, el policía bonaerense Gustavo Prellezo, quien le reconoció que el autor intelectual del secuestro y asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas era el por entonces todopoderoso empresario Alfredo Yabrán.

Alfredo Yabrán en PinamarAlfredo Yabrán en Pinamar

La declaración de Belawsky, también agente de la «maldita policía» ante el juez de Dolores José Luis Macchi, activó una medida que era esperada por la familia de Cabezas, sus compañeros de la revista Noticias y la sociedad: la orden de detención sobre uno de los empresarios con vínculos más que aceitados con el gobierno de Carlos Menem. Pese a ser un hombre que pasó del ostracismo a la máxima exposición en poco tiempo, Yabrán estuvo prófugo cinco días hasta que fue hallado en la estancia San Ignacio, de Entre Ríos. Pero no llegó a ser detenido: se disparó con una escopeta, solo. Y dio pie así a una de las leyendas urbanas que aún perduran en parte de la sociedad. 

Auge y caída de Yabrán

La responsabilidad de Alfredo Enrique Nallib Yabrán en el asesinato del fotógrafo es uno de los temas que pueden verse en «El fotógrafo y el cartero«, el nuevo documental sobre el caso que lanzó la plataforma de streaming Netflix. Allí, se repasa el origen de este entrerriano de origen sirio-libanés y su acelerado ascenso social en el mundo de los negocios, desde la dictadura militar hasta la década de los ’90. Para esa época, poseía empresas en el rubro del correo (era dueño de Oca), empresas de logística, dueño de Intercargo, la empresa que carga y descarga en los aviones, y hasta era dueño de la firma a cargo de los duty free de los aeropuertos argentinos. En épocas del 1 a 1 y la apertura económica, era imposible comprar o vender en el exterior sin pasar, en algún momento, por una empresa de Yabrán. 

Sin embargo, Yabrán era un gigante invisible. Su crecimiento en los negocios iba de la mano de un inexistente perfil público. Eran épocas pre-smartphones, redes sociales o cámaras callejeras de seguridad. Hoy le sería imposible adoptar la misma estrategia. Pero a comienzos y mediados de los 90, pudo ampliarse y tejer relaciones políticas sin necesidad de mostrarse, hasta que el por entonces ministro de Economía Domingo Cavallo lo denunció, en 1995, como un mafioso en el propio Congreso de la Nación. Ahí la Argentina conoció su nombre, no así su cara. 

Alfredo Yabrán. La histórica tapa de revista Noticias en la que Yabrán salió a la luz. Un año después, Cabezas sería asesinado.

Su rostro apareció por primera vez en la tapa de Noticias, en el verano de 1996. «Yabrán ataca de nuevo» fue el titular de portada en la que trabajaron el cronista Gabriel Michi y Cabezas. Un año después de esa imagen, y tras la fiesta de cumpleaños de Andreani, la banda de Los Hornos comandada por Prellezo secuestró y asesinó al fotoperiodista. Michi había elegido irse minutos antes de la cobertura. Esa decisión azarosa le salvó la vida. 

A partir de ahí, la suerte del empresario cambió. Tuvo que exponerse cada vez más, todo el mundo hablaba de él y la sociedad había dado su veredicto: culpable. Una visita a la Casa Rosada (ahora sí, a la vista de todos) sintetizó su vida: se sentó en la misma mesa que los funcionarios de primer nivel del menemismo, pero a la salida, un grupo de manifestantes intentó agredirlo al grito de «¡Asesino, asesino!«. Le rompieron el vidrio trasero del auto. 

Su cara ya aparecía en todos los medios, pero había una foto que él jamás se imaginó que tendrían: la de un hombre esposado. Eso podía cambiar. 

Se cierra el cerco

El 15 de mayo de 1998, a casi un año y tres meses del crimen, Belawsky decidió ampliar su declaración ante el juez Macchi. La mujer, que como miembro de la Bonaerense había hecho inteligencia sobre Cabezas, relató lo que su expareja le había confesado en privado: no solo la autoría de la banda de Los Hornos (algo que sus miembros ya habían reconocido ante la Justicia) sino que la orden de agredir a los periodistas provino del propio Yabrán, por intermedio de Gregorio Ríos, un exmilitar y jefe de su custodia personal. 

Esta fue la pieza que le faltaba al magistrado. Ya el novedoso sistema Excalibur había confirmado el entrecruzamiento de llamadas entre Yabrán, Gregorio Ríos y la banda de Los Hornos en los días previos al homicidio. Michi y Cabezas estaban en Pinamar con un objetivo: volver a seguir a Yabrán en búsqueda de una entrevista exclusiva con él. Lo que no sabían hasta el momento es que ellos también eran seguidos. Todos esos contactos se cortaron abruptamente tras el 25 de enero de 1997, cuando Cabezas fue hallado con dos tiros y calcinado en la cava de General Madariaga, a 50 kilómetros de Pinamar. 

Con todos esos elementos, el juez no tuvo otra opción: el otrora hombre poderoso de perfil subterráneo debía quedar detenido

Persecución, hallazgo y muerte: «¡No tiren, que adentro está Don Alfredo!»

Su cara ya era famosa, era literalmente el hombre más buscado del país, pero Yabrán no aparecía: estaba prófugo. Distintos allanamientos realizados a domicilios propios y de sus empresas no lograban dar con su paradero. El misterio crecía, todos se preguntaban: ¿Dónde está Yabrán? ¿Se fue del país?

No: había vuelto a su Entre Ríos natal. Más precisamente en la estancia San Ignacio, que era de su propiedad. Allí estuvo escondido hasta que los rumores de su presencia comenzaron a esparcirse por toda la provincia. Un fuerte operativo policial se preparó en los alrededores, listos para llevarse detenido al hombre que todos buscaban. «¡No tiren, que adentro está Don Alfredo!», les dijo un casero del lugar, según el diario La Nación. Cuando ingresaron al casco, un disparo de escopeta cortó el silencio característico de los parajes ruralesLas noticias de la época sobre el suicidio de Alfredo YabránLas noticias de la época sobre el suicidio de Alfredo Yabrán

Según informó la Policía a los medios, Alfredo Yabrán se pegó un tiro en el cráneo con una escopeta 12/70 de perdigones. Vestía, según el diario Clarín, un jogging azul, remera blanca y zapatillas Adidas grises. En un primer momento se difundió que su rostro había quedado severamente dañado, casi irreconocible, por efecto del disparo. Hernán Brienza, uno de los tres periodistas que vio su cuerpo (los otros fueron Facundo Pastor y Manuel Lazo), lo desmiente: «Cuando vi el cadáver, era muy parecido. La cara estaba muy reconocible, no era un rostro destruido», recuerda en diálogo con El Destape, 24 años después.  

Antes de morir, Alfredo Yabrán dejó unas cartas explicando su decisión. 

La carta de despedida y el recuerdo para «Duhalde y sus boys»

Fechadas un día antes de su deceso, Yabrán dejó la explicación de su decisión en dos cartas en las cuales apunta a dos de sus enemigos políticos: el gobernador bonaerense (y próximo candidato presidencial por el peronismo), Eduardo Duhalde, y el exministro de Economía, Domingo Cavallo

«Señor JUEZ Ante esta formidable campaña de condena pública dirigida por el gran director DOMINGO CAVALLO en sociedad con todos los inescrupulosos políticos comprometidos en hacerlo a DUHALDE dueño de la verdad y el País, quiero expresarle mi decisión de quitarme la vida ante la imposibilidad de seguir sufriendo y haciendo sufrir a todos mis seres queridos, esta patraña montada quién sabe con qué diabólico fin y sin garantía jurídica que permitan soñar que al final la verdad triunfa», comienza el escrito de Yabrán, confirmado esa misma noche por su abogado, Pablo Argibay Molina

«Como no aguanto ser el payaso de este circo montado por DUHALDE Y SUS BOYS es que JURO mi inocencia, expongo el caso por si se quiere limpiar el país de estos personajes y me someto a la Justicia Divina», sentenció Yabrán. La Justicia terrenal diría lo suyo dos años después. 

Hay un suicidado que vive 

La muerte de Yabrán dio pie a una leyenda urbana que retrata el nivel de desconfianza de la sociedad en ese momento: muchos creían que el empresario había fingido su muerte para escapar de la Justicia. Una encuesta de la consultora Equis que se muestra en el documental señalaba que, a los pocos días del suceso, casi el 70% de los consultados expresaron su convicción de que Yabrán estaba vivo. Al día de hoy, la principal búsqueda de Google relacionada con el empresario es «Yabrán está vivo«. Brienza mismo reconoce su incredulidad al momento de cubrirlo: «Yo tenía la certeza de que iba a demostrar que no se había suicidado y que habían tirado un cadáver todo deformado. Un mes antes había pasado lo mismo con un cártel mexicano; muere el jefe, su cuerpo es quemado y es irreconocible».

Las noticias sobre el suicidio de Alfredo YabránLas noticias sobre el suicidio de Alfredo Yabrán

Tal fue la desconfianza que en 2002, el diario Clarín publicó una serie de notas de investigación en donde planteaba la posibilidad de que Yabrán estuviera en California, Estados Unidos. Una persona firmó como Alfredo Yabrán la venta de una casa a nombre del empresario, en el 20810 de la calle Bassett Street, Canoga Park, a favor de Yabito Corporation, una de las tantas firmas del emporio que había quedado huérfano. A su vez, Yabito Corp, fundada en 1986 y que, según Open Corporates, sigue activa, vendió la propiedad a una pareja, cuya mujer aun figura como la actual propietaria del inmueble.

Había un detalle que ponía freno a todas esas especulaciones: tras la autopsia, se hicieron estudios de ADN comparando las muestras de distintos órganos con varios miembros de su familia y el resultado fue contundente: se trataba de Alfredo Yabrán.El testimonio de defunción de Alfredo Yabrán

Artemio López, titular de Equis, analiza que «había una incredulidad absoluta por el nivel de impunidad y la gente se hizo eco de esto. No podía creerlo porque era parte del sistema de poder menemista, el elegido para muchas privatizaciones importantes». Brienza rememora lo que sintió con aquella publicación: «Recuerdo que el viernes habían anunciado una serie de notas para el domingo y el sábado no podía dormir por la posibilidad de haberme equivocado. Cuando lo vi, me di cuenta de que era una pavada. Es más fácil truchar una firma que truchar una muerte«. 

 La tapa de Clarín sobre las investigaciones en torno a la muerte de YabránLa tapa de Clarín sobre las investigaciones en torno a la muerte de Yabrán

Sometido a la Justicia

Con un expediente encaminado y la sociedad clamando por Justicia, en febrero del 2000, tres años después del crimen, el asesinato de José Luis Cabezas tuvo su sentencia. Todos los acusados recibieron duras condenas, que oscilaron entre la reclusión (para los ex agentes de Policía) y la prisión perpetua (para los civiles, miembros de la banda de Los Hornos). 

El juicio del crimen de José Luis CabezasEl juicio del crimen de José Luis Cabezas

Yabrán fue hallado post mortem instigador del crimen. Según la Cámara de Apelaciones y Garantías de Dolores, el empresario estaba cansado del asedio y la exposición pública a la que se había visto sometido por culpa de los periodistas, por lo que encargó a su jefe de custodia, Ríos, que le sacaran de encima a esos molestos reporteros que habían mostrado su cara al mundo y le impedían tener un verano tranquilo. Ríos delegó la tarea en Prellezo y sus soldados, Los Hornos, que ejecutaron el comando en la mañana del 25 de enero del ’97

Ese hombre que supo ser uno de los dueños de la Argentina y que aseguraba que sacarle una foto era como pegarle un tiro recibió la Justicia que reclamó en una de sus cartas. Pero pudo esquivar la foto que menos quería: la del hombre esposado, derrotado.